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Drungo

Intermedio

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Recien entrado en la veintena de años cierto día me cruce en la calle con la que un día había sido mi novia. Fue en la calle Juan Bravo, mi comunero favorito de la famosa terna. Iba con un tipo. Me saludo desde la otra acera. El multitudinario tráfico se interponía entre nosotros. La saludé y no hemos vuelto a vernos en la vida. Así es el amor: de estar en la misma cama a estar en aceras opuestas, separados por el tráfico neurótico de Madrid. La vi alejarse abrazada a su amor: el hombre elegido entre todos los mortales para perderse entre sus tetas de diosa Lactancia. Sentí que el corazón se me aceleraba como el Ferrari de Emerson Fittipaldi (hoy habría sido Fernando Alonso) porque a nadie le gusta ver a una antigua novia del brazo de otro. Y es que lo único malo de tener una novia de tetas muy grandes es que luego recuerdas esas tetas con demasiada nostalgia, y en la memoria, que todo se magnifica, se idealizan y se convierten en tetas descomunales, como si en vez de una novia hubieras tenido un edificio con cúpulas.

El tiempo casi todo lo cambia, también los gustos pectorales, cambiamos cantidad por calidad. 

1 comentario

Rubia de bote -

Desde luego, hay que ver como cambian algunos.