Blogia
Drungo

A pelo

A pelo

Tengo para mí (aunque ojalá me equivoque al menos en un 50%) que a las mujeres cada vez le gustamos menos los hombres. No me refiero a los hombres entendidos como esos bultos ansiosos y erectos con los que se pasa un rato en una cama propia o prestada, en el lecho de hojarasca crujiente de un bosque tenebroso o cualquiera sabe dónde. No, eso es normal que les guste, porque a casi todo el mundo le divierte el hecho de tener de vez en cuando algún estimulo en el sistema nervioso de la entrepierna -y gratis, siempre que sea posible-. No, no es eso a lo que me refería, sino a lo que viene despues de eso, que es un periodo psicológico igualmente importante, aunque sin duda sobrevalorado. Pero el problema es que somos como somos (escurridizos, violentos), aunque seamos los primeros en aborrecernos por ser como somos y debemos comprender, en consecuencia, que a ellas cada vez les gustamos menos. No les caemos del todo bien, porque manejamos valoraciones diferentes de determinadas acciones compartidas: eyaculación precoz frente a orgásmo multiple, falocracia festiva frente a maternidad responsable, sexo urgente frente a sexo razonado, y así sucesivamente. Y eso va creando un fluido energético bastante malo entre los dos sexos, una especie de cortocircuito entre el ying y el yang, entre otros motivos porque vamos dándonos cuenta de que no les gustamos mucho, y eso nos vuelve aún peores.

Hablando en general (que es el modo en que se debe hablar lo menos posible), con las mujeres podemos comportarnos como hechiceros mientras intentamos que nos inviten a pasar a sus viviendas adosadas o a subir a sus pequeños áticos decorados con tiestos de cerámica y varillas de sándalo  y carteles de cine y esterillas, cuando aún nos intriga el color de sus bragas y el hecho de que lo tengan afeitado o no. Pero, una vez que el luciérnago pasa un rato en la casita de chocolate de la luciérnaga fulgente, le entran ganas de salir volando de allí cuanto antes, ya que a todo luciérnago lo que de veras le interesa de las luciérnagas es el resplandor que emana de ellas durante la noche, pues de día las ven como lo que son: insectos coleópteros de tegumento blando, sin alas ni élitros, paticortas y con el abdomen formado por anillos negruzcos de borde amarillo. (Y no estoy inventándome nada: es la descripción científica oficial de la luciérnaga)

A ellas, en fin, cada vez les gustamos menos. Ellas suelen tener un ideal platónico de hombre, y los hombres nos pasamos a Platón, dicho sea con el respeto que se les debe a los difuntos, por el escroto aristotélico. (Ellas, curtidas por las lagrimas y expertas en la tarea de inspeccionar continuamente su propio corazón, y que llegue de pronto un luciérnago excitado, en fin, y se ponga a hablarles de lencería...) (No tiene sentido)

1 comentario

El q tu quieras -

Yo no supe cuando empezó, ni cuando se convirtió en un pájaro que por no volar quedó con las alas atrofiadas en la jaula de la nostalgia. La adolescencia supongo que es así para todos. Tiempos que no se perdieron entre tantos olvidos y la sensación de haber sido alguna vez heroína de amaneceres escondidos tras la noche. En aquellos momentos aprendíamos que la vida es una moneda de buenos amigos donde se perdieron tibias las horas y se cargaron las pilas de los sueños, que siempre corrían más rápido que nosotros pero que al doblar esquinas todavía se podían encontrar. Nos escondíamos de los ojos de la soledad y todavía no dolía el olvido. La curiosidad y la gula por la vida era el único mal que podía hollar el alma. Quedábamos para sacudir tintos dudosos y concretar ilusiones a media luz en aquella comunidad de socios cómplices y entendimientos tácitos, una de sol y otra de sueños, según se diera el día.
Un código personal e intransferible, se creaba a media voz entre nosotros para descubrir el tierno amor o el inicio sexual, que para el caso era lo mismo, una paisaje al que caminábamos con el bullicio de chiquillos en un patio del recreo.
Creo que me estoy haciendo mayor muy tarde, cuando muchos de mis amigos ya lo son.
Haces que me sienta como una chiquilla con todo el deseo nuevo prendido en los labios. Entonces ¿cuándo volvemos a jugar?