Explosión de calma
En mi opinión, por mucho saber que adquiera una conciencia, su poseedor sigue siendo bobo y malvado si el terreno sobre el cual sembró era ácido o espinoso. Ningún hombre estúpido ha dejado de serlo gracias a un libro. Infinidad de hombres estúpidos han leido cientos de libros. Por el contrario, durante la juventud se deposita una fe africana en los libros; se leen con exaltación de monja salmantina, llegando incluso a la penitencia, infligiéndose sublimes tratados sin comprender una sola palabra, por el mero ritual de haberlos deglutido. Los jóvenes (incluidos aquellos cuya edad supera el limite de la jubilación) creen que los escritos son fármacos capaces de transformar las condiciones químicas del alma, produciendo un precipitado benéfico para lo que comúnmente conocen como "inteligencia". Y, de hecho, es asi. He ahí el enorme peligro que representan.
Los jóvenes confian en aumentar indefinidamente la capacidad de su conciencia mediante una ascética gimnasia cerebral, con lo que no consiguen sino atrofiar y abortar el ridículo tallo o semilla que les habñia sido concedido. De ahí la abundancia de necedad entre los profesores (eternos jóvenes sujetos a los más dolorosos sarpullidos). Conocer con exactitud los limites de nuestra conciencia es la condición imprescindible para aprender a leer. Pero la adulación es el sistema total del planeta, de modo que se ha impuesto el sistema contrario. Resultado: un mundo repleto de enanos que llevan sobre sus hombros el cádaver de un gigante creyendo, de ese modo, haber ganado altura.
Hay algunos que no tienen nada que decir, nada en absoluto, pero eso no les impide decirlo, oh no.
1 comentario
Constanza -
Rasque, por tanto, la piel de un escéptico, y casi siempre hallaréis debajo los nervios doloridos de un sentimental. Rasque la del narcisista sólo habrá una realidad: la de sus propios procesos de pensamiento, sentimientos y necesidades. Rasque la del pedante y hallará a un estúpido adulterado por el estudio.
Debemos tener paciencia, pues es la más heróica de las virtudes, precisamente porque carece de toda apariencia de heroísmo.