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"Te voy a meter todo" Seduciendo con palabras

"Te voy a meter todo" Seduciendo con palabras

Tiene el ejercicio del amor (tomado en su parte menos elevada, es decir, como un ejercicio) ciertas posiciones y propuestas difíciles de verbalizar. Los amantes que deseen referirse a ellas no disponen de muchas posibilidades si quieren huir de las expresiones soeces. No se puede acudir en pleno romanticismo a verbos como "lamer", "chupar", "empujar"... La seducción de la semántica llegará en ayuda de quien se la pida al dios del lenguaje.

Y es aquí donde recuperan su sonido las sílabas, y todo su sentido las metáforas que nos enseñaron los poetas. Cuando alguien deseche el verbo "chupar" y escoja "acariciar" (tal vez "acariciar con la boca") habrá cambiado la representación más chabacana de la succión, inserta en su misma sonoridad, por la más elegante expresión de lo delicado. Lo delicado que se contagia de esa i intermedia, lo delicado de las ies de "acariciar", una palabra que dejó en el español el idioma italiano ("carizzie"), transportador de tantos conceptos de lo refinado. "Acariciar" implica siempre ternura, pasar las yemas de los dedos suavemente por la cara, por los brazos, por las manos... Acariciamos a nuestros seres queridos, acariciamos una idea que esperamos realizar.

¿Quieres que te acaricie ahí con mis labios? ¿Quieres que te bese ahí? Y "ahí" tendrá un valor semejante al "acariciar" que me refería antes. La proximidad de los amantes bien puede permitirse un adverbio tan cercano.

Esa caricia llena de ies aun cuando sólo disponga de dos, caricia, se puede aplicar a los lenguajes más prohibidos para el lenguaje. Porque la caricia está connotada con el cariño, términos ambos que tal vez por casualidad empiezan igual y que no por casualidad se hallan próximos en la mente humana una vez que han empezado igual, acuden juntas a los circuitos cerebrales como han demostrado los psicolingüistas. Acaricia, cariño... caritativo... El diccionario mental nos envia a la mente inconsciente toda esa página hermosa cada vez que oímos la voz "caricia". Y en este caso seduce su sonido.

Las metáforas, los olores de las palabras y los valores de las letras seducen, pues, en la poesía y también en el juego amoroso, incluso en el momento álgido, el culmen de la relación sexual. Los amantes delicados no se referirán entonces a un verbo como "meter", vulgar donde los haya, porque podemos meter la pata, meternos con alguien, meternos en un lio, meter miedo. Tantos valores peyorativos acompañan a "meter" y "meterse" que por fuerza se ha contaminado para la función a la que ahora aludo, y hasta resulta estilísticamente poco recomendable para cualquier escrito. En "meter" y no digamos ya en "romper" se percibe vigor pero también suciedad. Y tampoco servirá para esta situación la palabra "penetrar", que los forenses y los policías pronuncian con rigor profesional; porque la penetración implica violencia, se consigue con dificultad, y puede alcanzar un grado de agudeza; y así sentimos el frío penetrante, el dolor penetrante. La fuerza descriptiva de "penetrar" se torna nula si buscamos la fuerza de la seducción, porque la historia de las palabras y las compañías regulares que hayan tenido influyen en la manera de percibirlas.

El amante certero preguntará entonces, por ejemplo: "¿Quieres que entre en ti?". Frente a "meter" frente a "penetrar" se connota en cambio con la naturalidad: entra el año, entran las estaciones, entra el mes entrante, todo sucede con "entrar", como si formase parte de un designio sencillo, entra un libro hablando de tal cosa, entra el coche en el garaje. Entra un instrumento en una sinfonía, nos entra una camisa, nos entran los zapatos... y todo ello es natural. Qué diferencia con "tengo que meterme los zapatos", "hay que meter un instrumento", "mete tal cosa en el cuaderno que escribes"... Meter implica forzar,entrar sugiere pasar (la suavidad de esta s).

"Me gustaría entrar dentro de ti", propondrá el hombre. "Me gustaría que estuvieras dentro de mí", ofrecerá la mujer. Y "dentro" adquiere un valor inmenso en la seducción, porque, obviamente, una vez que se entra se está dentro; pero el hombre deberá entrar y ese verbo va ligado a la inconsciencia de otra acción seductora, que se percibirá como "adentrarse", verbo que se contagia del anterior y da idea de suavidad progresiva, de sigilo, como el enemigo que se adentra en las filas enemigas, despacio. Adentrándose, el amante ocupa el valor total de las palabras, el que cada una toma por si misma y por sus vecindades. "Dentro" fue en latín de intro, emparentada con "intro-ducir", o conducir dentro, más tecnica esta voz, menos sugerente pero también más dulce que "meter" y a la que sustituye con ventaja.

Ya dentro de ti el placer. La palabra placer, seductora por sí misma y acompañada por "juntos", representa sólo la proyección sensitiva del acto sexual. Pero esa proyección en el pensamiento lleva aparejada la imagen misma de la unión carnal, reforzada además por el efecto metafórico y por las veces en que hemos asociado su sonido a una situación agradable. LLegamos así a la conclusión de que la mera pronunciación de la palabra "placer" ya lo produce.

4 comentarios

J.W. -

El anterior texto da comienzo a la película "The libertine", protagonizada por Johnny Depp en el papel del Conde de Rochester.

J.W -

Permitid que sea sincero de buen comienzo.

No seré de vuestro agrado.
Los caballeros sentirán envidia y las damas repulsión.

No os agradaré ahora y os agradaré mucho menos a medida que avancemos.

Señoras, os lo advierto:...estoy dispuesto...EN TODO MOMENTO.

No es ni un alarde ni una opinión, sino simple y llanamente un hecho médico.

Sabed que la meto por doquier. Y me veréis metíéndola por doquier. Y todas, suspiraréis por ella.
No lo hagáis. Estaréis más a salvo observando. Estar´´eis más a salvosacando vuestras conclusiones desde cierta distancia que si metiera mi vara bajo vuetras enaguas.

Caballeros...no desesperéis. También estoy dispuesto a eso y os aconsejo la misma precaución. Que vuestras patéticas erecciones esperen a que haya terminado. Pero luego (cuando folléis), porque luego follaréis (eso espero de vosotros y además sabré si me habéis defraudado). Deseo que folléis con mi homúnculo agitándose en vuestras gónadas.
Sentid como lo sentía yo, como lo siento yo, y preguntaos:

¿Ha sido el mismo estremecimiento que sentía él?

¿Tenía conocimiento de algo más profundo?

O quizá existe un muro de desgracia contra el que todos nos golpeamos la cabeza durante ese intenso y resplandeciente momento?


Queda dicho.
Este es mi prólogo. No hay rimas, ni declaraciones de modestia. No contariáis con eso, espero.

Yo soy John Wilmot, segundo Conde de Rochester. Y no tengo ningún deseo de agradaros.

Oceanne -

Las mujeres son capaces de fingir un orgasmo pero los hombres son capaces de fingir una relación entera.

Yolanda -

Nada como que entren sin forzar. Son malas las brusquedades