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Drungo

William Beckford II

William Beckford II

Tras los grandes éxitos de la saison londinense, Beckford, con todo el esplendor de su dinero, hará un nuevo y rápido viaje a Italia, mientras Louisa, su prima tísica sigue enardeciendose de amor por él. Piensa celebrar la Navidad del 82 con el mismo rito que la del año precedente. Pero Louisa convalece en Francia y solo puede escribirle deseándole todas las venturas. Claro qué, además, William -aconsejado, conminado por su madre- se ha casado en ese tiempo, con la rica, noble y dulce Margaret Gordon. Naturalmente, no ha olvidado a Louisa ni a "Kitty", con el que sigue, lentamente, estrechando lazos. El matrimonio -que duele de celos a la sufriente prima- sirve para acercarse al muchacho, pues los padres de este temerán menos de un hombre que enfrenta la madurez de la familia y, ya a fines de 1783, está esperando un hijo. Parece que Beckford ha tomado la senda del Bien, aunque Louisa esté cada vez más enferma en Francia, y Margaret haya perdido -por una caida- el hijo que esperaba. Pero, en 1784, al joven William -cuya mujer está de nuevo embarazada- se le ofrece una prometedora carrera política: un escaño en la Cámara Baja del Parlamento, y la promesa de otro en la Cámara Alta, cuando se le conceda una baronía, a la que bien puede aspirar por su posición y por su sangre. Viaja a París y a Escocia, y, de retorno a Fonthill, le espera lo inesperado, el sello evidente de su nueva vida: Lord Courtenay les invita a él y a Lady Margaret, a pasar el final del verano en Powderham, con su familia. Sólo la madre de William se da cuenta del peligro, y le dice: "No vayas". Por supuesto Beckford irá, acompañado de su mujer. Las tres primeras semanas fueron agradables y plácidas. William paseaba por el bosque con "Kitty" bajo la lejana mirada de un preceptor. Pero el muchachito (ahora con diecisiete años) no era ya el niño que se dejaba ganar por el arrebato cuando se veía con su admirador y par. Parecía diferente y menos complacido -los ángeles tampoco son eternos- y acaso ese desapego del muchacho hizo estallar la tormenta. La noche del 12 de ocrubre de 1784, Beckford, lleno de pasión, se llega hasta la habitación de "Kitty", en la que -echado el cerrojo- tendrá lugar una escena de ternura y celos en la que los murmullos y los gritos del propio Beckford terminarán por despertar al preceptor, quien lo ve todo por la cerradura de al lado y acude a avisar al padre del jovencito y a los criados. El escándalo es terrible, y ni siquiera la enamorada Lady Margaret puede atenuarlo. Acusado de "corruptor" y de "monstruo", Beckford abandona Powderham. La acusadora noticia corre como la pólvora y convierte a Beckford en lo único que le faltaba aún para coronar su triunfal vida de malditismo y disidencia: un proscrito. A fones de ostubre, embarca precipitadamente hacia Italia, mientras los periódicos truenan contra ese Gilles de Rais. Se habla de "magia negra", "encantamientos" y, por supuesto, del terrible vicio: "Detestable escena", dirán los periódicos, "ocurrida entre una pareja fashionable de amantes masculinos.

2 comentarios

Drungo -

Señor Conde de Rochester:
Drungo es hijo de los libertinos dieciochescos. Lleva peluca blanca, se empolva el rostro, baila desnudo al son de música fresquita y housera -cuanto más plebeya, mejor-y no le hace ascos a nada. Cree en Rousseau, Voltaire y, sobre todo, en su amado Robespierre, agil prosista en sus discursos quevedescos. Deplora el Ancien Régime, deplora el inmovilísmo , deplora la indisciplina, deplora los dogmas. Por eso deplora igualmente a Rousseau, Voltaire y, sobre todo, a su-mi amado Robespierre.
Drungo crea personajes pero no se identifica necesariamente con ellos, ni siquiera en lo escrito lineas arriba.


Coda: Recuerde este estribillo ideado por Francisco D´Macho
Cuando no hay nadie más a la vista
En la noche llena de soledad
Bueno espero tanto
Por mi vibración de amor
Y estoy bailando conmigo mismo

J.W. -

Decantaos por la irreverencia y la morbosidad de los pensamientos. Allí me hallaréis. No temáis lo desconocido pues sólo puede ser el comienzo. Os felicito, ya reconocéis mi presencia. Ése soy yo: John Wilmot, segundo Conde de Rochester.

En onzas de carne todos los hombres somos mortales. Yo dejo constancia de ello. Sócrates fue mortal. Por lo tanto, todos los hombres son Sócrates. Lo que significa que todos los hombres gustan de los hombres.
En esta ocasión, reservada únicamente para mi y en homenaje, por tanto a los clásicos, vamos a proseguir con la boca colmada. Esta empresa es la que más y mejor ha entretenido mis horas. No me quitéis ese gusto ahora. Es a mi a quién se atribuye el primer opúsculo pornográfico de la literatura inglesa, Sodom, or the Quintessence of Debauchery. Si, el primero, el mismo que viste y calza. Fuí perseguido por obscenidad y quemada parte de mi obra tras mi muerte. Podría haceros llegar muchas historias, pero confío en vosotros e intuyo que con seguridad ya contáis con mucho conocimiento. En toda generación, aparece más pronto que tarde, alguna persona tan escandalosa, tan deseosa de romper con los tabúes, que realmente se adelanta a su tiempo en idea de lo que el mundo considera un espíritu libre. Yo fui el hombre más salvaje, con innumerables coqueteos sexuales, más fantástico y más extraño de mi tiempo: astuto y talentoso granuja, cargado de talento, que durante mi corto y salvaje caminar, viví prácticamente como una estrella del rock de la Restauración, y me convertí en un personaje conocido por mi gran capacidad para crear conflictos, por mi genio y por ser uno de los seguidores más irrefrenables de la libertad.
Pero señores…tuve que salir en muchas ocasiones de mi patria de nacimiento. No siempre la estancia en el extranjero hay que concebirla como destierro. Sabed también que a veces somos nosotros quienes elegimos el exilio voluntariamente. Vinieron después, si, pensemos en ellos, aquellos románticos ingleses llegados a Italia: Percy Bysshe Shelley y Mary Shelley, Robert Browning y Elizabeth Barret Browning, John Keats, Lord Byron, William Beckford, y tantos más, viajamos por los países del Mediterráneo y casi todos terminamos por instalarnos durante largos períodos en Italia. AH, Italia!! Nada de aquella fascinación renacentista, de aquella suntuosidad de formas, de tejidos, de fastuosos colores, de naturalidad física, de gracia y de sensualidad que nos prodigaba Italia habíamos conocido en la pluviosa Inglaterra, la laboriosa, la práctica, la sobria, la protestante, la utilitaria. Italia se convertía entonces en un sueño plenamente realizado. Y qué sueño!!!
Todos hemos sentido sed de vivir, de vivir al límite, festejando como si no existiese el mañana. Todos hemos sido, por lo general, artistas sin inhibiciones, sin prejuicios hacia todo lo que de nuevo se producía en Europa. Abrazamos uno o varios ismos, pero también, por contraste, descubrimos sus raíces y al llegar de nuevo a nuestros países contábamos con la ventaja de movernos de un modo privilegiado entre una tradición nacional y una emoción contemporánea, entre los fastos del pasado y los nuevos conceptos europeos. Conocíamos lo que era válido en nuestra tierra, y al mismo tiempo todo aquello que reducía los límites de nuestra imaginación, se convertía en enemigo.






Me han contado, porque yo estaba ocupado ya imagináis haciendo qué, que cuando Lord Byron llegó a Portugal y visitó Monserrate, halló en avanzado estado de abandono el jardín que ideó años antes nuestro compatriota William Beckford. Ese abandono, en el que la maleza tupía los senderos y emboscaba las ruinas, era lo más indicado para que una imaginación romántica evocara la presencia de un personaje a quien en cierto modo Byron pudo tener como precursor y modelo.

Cinco castillos que se corresponden con los cinco sentidos y una torre babilónica que descifraba planetas…En Monserrate pudo Beckford dar forma plástica a la rebeldía contra el mundo neoclásico en que había nacido. El jardín inglés se convierte, por tanto, en reacción contra el jardín francés; la rebelión de la naturaleza y sus instintos destructores contra el orden, la arquitectura y la geometría del Antiguo Régimen. Beckford si pudo permitirse grandes lujos de transgresión en los que a veces se pasó de rosca con unos salvajismos ruinas, cascadas tan artificiales como los setos recortados y la topiaria zoomorfa de los jardines de Le Notre.

Beckford, viajero millonario, bibliófilo, político, uno de los mejores cuentistas, murió por causas que desconozco, a los 84 años. Vivió, ya lo creo que vivió. Byron terminó sus días a los 36 luchando por un ideal: la libertad de Grecia, aunque murió antes de entrar en combate. La malaria se adelantó. Mi muerte me llegó con 33 años, pero no antes de experimentar una epifanía de redención de última hora por mi alma en mi lecho de muerte, por todos mis excesos. Que nadie se moleste si en cuenta no tuviera a todos mis compatriotas. Fuimos muchos los que tuvimos excéntricos e inquietos espíritus. Fuimos algunos capaces de pensar por nosotros mismos. Tomamos los milagros cuando los encontramos. Saltamos hacia ellos y a veces, contra todo pronóstico, contra toda lógica…los tocamos. La vida está llena de actos que desaparecen. Si hay algo que no sabemos que tenemos y por alguna razón desaparece, lo echaríamos de menos? Lo esperado sólo es el comienzo. Lo inesperado es lo que cambia nuestras vidas.

Todos los que estamos aquí, como todos los que me leéis ahora estando vivos, todos tenemos cicatrices (de toda clase) en sitios recónditos, como mapas secretos de nuestras historias personales. Diagramas de todas nuestras viejas heridas. La mayoría de vuestras viejas heridas se curarán dejándoos solamente una cicatriz. Pero algunas no se curaran. Algunas heridas podrán ir con vosotros a todas partes, y aunque el corte se curase hace tiempo…el dolor aún perdurará. Quizá vuestras viejas heridas os enseñen algo. Aprender de ello, reflexionar sobre ello. Os recordarán dónde habéis estado y qué habéis superado. Os enseñarán lecciones sobre qué evitar en el futuro. Eso es lo que nos gusta pensar ¿Verdad, caballeros? ¿No es así, señoras? Pero recordad, no olvidéis, lo inesperado es lo que cambia nuestras vidas.

Nosotros, …que con nuestro arte hacíamos de los fracasos éxitos (por lo que resultaba imposible no querer nuestros defectos)…Nosotros… espíritus del ingenio…
Nosotros, como otros muchos… perdimos la vida. Pero perder es el gesto más noble de la vida. Si caballeros, si señoras, no hay que engañarse. Sólo quién tuvo pierde. Perder es por ello un doble triunfo. El desdén del ahora y el cortejo relumbrante del principio. Aceptar la miseria tras el oro. Complacerse en ser nadie, siendo rico. Deshacerse de todo. Gustar el fango con paladar de príncipe. (Creadores estériles o reyes en el exilio). Pero el verdadero perdedor no es el que busca, sino el que acepta realmente su destino. Luce lo que no es suyo. Y tiene deudas, alcohólico y aventajado, como las tenían los jóvenes lords de hace un siglo. Para comprar diamantes y caballos…El perdedor nada quiere saber de cuánto amará (ha puesto con desgana su firma en aquel libro). Perder es ser otro y ser el mismo. Y vivir al fin el tirón desgarrado de la carne, que ennoblece y ensucia. Perder es un último acto de dandysmo.


Yo soy John Wilmot, segundo Conde de Rochester y acudo a esta cita para despedirme de vosotros. Mi lucha, como la de tantos otros, fueron las palabras y éstas -si acaso fueran escuchadas-, quedarán para siempre en la memoria de los hombres.
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