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El asunto de Sinaloa

El asunto de Sinaloa

Barry Gifford, el creador de Perdita Durango y Romeo Dolorosa, que no de Sara Aldrete y Adolfo de Jesus Constanzo, es conocido por su afición a poner nombres sonoros y pintorescos a sus personajes de ficción, pero en esta novela, El asunto de Sinaloa, probablemente se ha pasado. El personaje principal se llama Ava Varazo, un nombre que más que un palíndromo esconde un enigma siniestro. Su amigo se llama Del Ray Mudo. Es posible encontrar en los locos apellidos de los mexicanos del norte de México y del sur de los Estados Unidos nombres similares. El padre de Del Ray, sin ambargo se llama Duro Mudo, y aquí entramos directamente en el territorio del delirio. El patrón de Ava Varazo, un macarra de la frontera mexicano-texana, se llama Indio Desacato. Mister Desacato para los forasteros, Indio para los amigos. La patrona de las niñas se llama Santa Niña de las Putas y su día se celebra cuando hay una segunda luna llena el último día de febrero de un año bisiesto. Un joven mensajero y boxeador amateur de peso mosca se llama Framboyán Lanzar. Hay otro boxeador llamado Danny Molasses, al que Lanzar llama Melaza, y otro más llamado Chuy Chancho. El guardaespaldas y factótum de Indio Desacato es un ex jugador de fútbol americano de un metro noventa y siete de altura y ciento sesenta kilos de peso llamado Thankful Priest. El único viejo bondadoso del pueblo se llama Arkadelphia Quantrill Smith, pero los amigos, es decir todo el mundo, lo pueden llamar Arky. Y así, hasta pasar la cincuentena de nombres.

   ¿Qué hay detrás del gusto de Gifford por los apelativos pintorescos? Muchas cosas: la soledad de la frontera, de ese territorio mítico entre Estados Unidos y México, y la soledad de todos los hombres. La locura de los padres que intentan perpetuarse a si mismos o intentan perpetuar algo que no conocen pero presienten. El orgullo desesperado de tener al menos algo único y manifestarlo. Los retratos humorísticos hechos de polvo y viento.

Entre paréntesis.

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