Blogia
Drungo

Machos. La leche de los varones.

Machos. La leche de los varones.

la primera ley fija es que machos y hembras son igualmente amamantados por su madre: así las hembras tienen un ejemplo de conducta complementario con un ser del mismo sexo entanto que los varones tienen relaciones complementarias con un ser del sexo contarrio. Tanto si el niño de tres meses puede comprender por sí solo las diferencias entre los dos sexos, como si no puede comprenderlas, la madre es perfectamente capaz de ello, y su sonrisa, su abrazo, la postura de su cuerpo son conscientes -de manera diversa en función de las sociedades y los temperamentos- de este contraste. La niña para la madre es una copia en pequeño de sí misma: "ella está probando ahora lo que yo probé hace años". Tal es el comentario introspectivo que hace la madre a la niña. Esto ayuda a la pequeña a identificarse con su propio sexo de manera simple y natural, como una situación existente que no requiere cambios ni complicaciones. Más para el niño el comentario materno será inevitablemente: "Con él es distinto". El acto de recibir no se acomoda igualmente a machos y hembras. Aquí, en términos de adultos, los papeles masculino y femenino se invierten. "Yo introduzco y él recibe". Antes de hacerse hombre, el niño habrá de modificar esa actitud de aceptación pasiva. Así la primera experiencia de la niña se reduce al contacto con un ser semejante a ella. La madre y la hija siguen el mismo modelo, y la suposición materna de que sus corazones laten al unísono actúa de modo inmediato sobre el desarrollo de la niña. Ésta aprende "yo soy". El niño aprende que debe diferenciarse de la persona más próxima a él, y que si no se diferencia no llegará a existir verdaderamente. La sonrisa de la madre, su ligera coquetería, incluso la fuerza de su abrazo o la excesiva pasividad con la que le ofrece el pecho le indican a él que debe descubrir su propia naturaleza, esto es, que debe ser un macho y no una hembra. De este modo, precisamente en el comienzo de la vida, el macho se ve obligado a hacer un esfuerzo, un intento de diferenciarse más, en tanto que a la niña se le pide simplemente que se acepte a sí misma.

Como si para creer en su propio género los machitos debieran descubrir el "no aceptarse", el no ser sino en el futuro. Será inútil decirles (se usa mucho hoy) que el problema es que no saben aceptarse, cuando es en esta ansia y en esta insatisfacción donde reside la identidad que tienen que forjar. La adolescencia es el esfuerzo de muchos años para diferenciarse, para encontrar una manera de tener "éxito" que no corresponda al "éxito" materno. ¡Verdadera envidia del pene!

En esto podría consistir la relación entre masculinidad y orgullo: esto es, la necesidad de prestigio que anule el prestigio que se les concede a todas las mujeres. No parece necesario que los hombres superen a las mujeres en ninguna cosa concreta, sino más bien que encuentren una razón de seguridad en el exito.

0 comentarios