
Un sillón duro, por todos conceptos incómodo y totalmente simple, el más apropiado para leer, sentado frente a la ventana podía, una vez que me había decidido, sumirme sin estorbos en cualquier lectura pero mi favorita, lo recuerdo muy bien, era una edición de
El mundo como voluntad y representación de Schopenhauer, que me había regalado mi abuelo materno y que siempre leía cuando no esperaba de la lectura otra cosa que un placer que me purificase en todos los aspectos.
El mundo como voluntad y representación, había sido para mí, ya desde la más temprana juventud, el más importante de los libros filosóficos y siempre he podido confiar en sus efectos, es decir, el descanso total de mi mente. En ningún otro libro he encontrado nunca un lenguaje más claro y una inteligencia igualmente tan clara, ninguna obra literaria ha ejercido nunca sobre mí un efecto más profundo. Con ese libro fui feliz en mi juventud. Pero sólo raras veces tenía yo la preparación natural e intelectual absolutamente necesaria para ese libro y, por tanto, sólo rara vez había tenido la posibilidad de estar con ese libro extraordinario y en verdad de importancia en mi vida, pues a
El mundo como voluntad y representación se aplica como a pocos otros de los
libros supremos el que sólo se abren a uno y se dejan descifrar en un estado de la más extrema capacidad de asimilación y merecimiento de asimilación.
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