El sentido de los caballos
El sentido común es un enemigo importante. El escritor suele mantenerlo a distancia, pues este mítico paquidermo suele aprovechar la confusión de las circusntancias para halagar, como buen diablo, el lado flaco de los creadores y de los lectores, cuyo encuentro a solas con un libro puede verse adulterado por la intromisión de una trompa bienintencionada o políticamente correcta.
Intuición de lo que el promedio de los otros opina sobre un asunto, el sentido común suele presentarse en formas inofensivas, y aún recomendables: es, nos dicen, no cruzar la calle con el semaforo en verde, apurar el vaso de agua y no el de veneno, por más que haga calor y el segundo se nos ofrezca on the rocks.
Apelando a la definición de Noah Webster:
Un sentido corriente bueno y saludable... exento de prejuicios emocionales o de sutilezas intelectuales... el sentido de los caballos.
El sentido común ha pisoteado a varios genios que se adelantaron a su época, *ha coceado los cuadros más encantadores porque su bienintencionada pezuña consideraba un árbol azul como una locura*, ha movido a feas pero poderosas naciones a aplastar a sus hermosas pero fragiles vecinas. Es natural que quien lleva su singularidad con gallardía, que no gallardonescamente, que quien ve las pasiones propias y ajenas a través del diamante del estilo literario, se crispe ante un sentido del bien que no se detiene en sutilezas.
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