
En la verdadera amistad, me entrego a mi amigo más de lo que le atraigo hacía mí. No sólo prefiero hacerle un bien yo a él a que me lo haga él a mí, sino también que él se lo haga a sí mismo en lugar de a mí; y, cuando lo hace, en ese momento es cuando me lo está haciendo más a mí. Y si la ausencia es para él agradable o útil, para mí resulta más dulce que su presencia; además, no es exactamente una ausencia cuando como hoy día hay medios para comunicarse. En ocasiones he sacado partido de ese alejamiento. Separándonos llenábamos y extendíamos la posesión de la vida; él vivía, gozaba, veía por mí, y yo por él, tan plenamente como si hubiera estado allí. Una de las dos partes se quedaba ociosa cuando estábamos juntos: nos confundíamos. La separación de lugar hacía más rica la unión de nuestros sentimientos. El hambre insaciable de la presencia corporal delata cierta debilidad en el goce de las almas.
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Anónimo -
MAYA -