Beckford IV
Tras un frustrante intento de ir al Caribe Beckford recalará en Lisboa. Y William sueña -y escribe en su diario- "en un convento portugués en el que comeré naranjas y me consagraré al culto de mi San Antonio bienamado"
Así es como Beckford no abandonará el estuario del Tajo. Se quedara en Lisboa viviendo y viéndose vivir, puesto que incrementa la escritura de lo que será su Diario de Portugal y España. Exiliado ya conscientemente, decide ser un rey en el exilio, y paseará por estos países su lujo asiático -carruajes, trajes, fámulos- y un continuo derroche. Es un dandy, entregado al mal y a la aparatosa estética de San Antonio: el gusto -típico en un protestante esteta, como lo será después en los poetas decadentes británicos. Así es como los notables de Portugal abrirán los ojos con asombro al ver al inglés fervorosa, piamente arrodillado, y como en trance, ante las imágenes de San Antonio, santo en quien Beckford ve una encarnación de la sensualidad católica.
El 25 de mayo de 1787, conoce en Lisboa a los que iban a ser sus grandes amigos lusitanos: los Marialva, riquísima familia noble, con un gran palacio en la ciudad y paso franco en la Corte. Pero la magia del encuentro no estará para William en los marqueses de Marialva -que fueron siempre amabilísimos con él-, sino en los dos hijos de la pareja: Dom Pedro, un muchachito moreno de ojos oscuros y continente tímido, que reproducía en sureño, la "visión angélica" de Kitty. Frente a los rizos rubios del inglés, el oscuro y dieciochesco moño del portugués, que, al principio, extrañó a William. Doña Henriqueta, muchachita de quince años, plena de encanto núbil y que, al igual que su menor hermano, no hará dengues al inglés devoto, lujoso y cantarín (Beckford cantó al clave en el palacio Marialva) y extraordinario. Los padres de los niños no se opondrán a la amistad (Portugal tampoco era Inglaterra), y Beckford, el seductor, les paseará en carroza por Lisboa y por las costas de Cascais, diciéndoles cumplidos y jugando. A algunos amigos de Dom Pedro, los visitaba Beckford despues de misa, y así conoció a Polycarpio y al italiano Gregorio Franchi. La inocencia , la música, el esplendor pagano de la misa y los meninos entretienen y encantan al esplendente Beckford, quien halla la oposición no por esperada menos molesta, del embajador de Inglaterra. Sir Robert Walpole, que impide -hablando de los escándalos de su compatriota- que William sea oficialmente presentado en la Corte por los Marialva. (Que suponen, digamos de paso, que Beckford anda enamoriscado de la niña Henriqueta, y que siente paternal devoción por Pedro). El dandy continua, obsesionado, neuróticamente con una máscara.. Se escapa a las galerias superiores para buscar y entretenerse con los meninos, deja ver su fausto y su vicio paseándose con el joven aristócrata o con el joven cantor, pero al mismo tiempo -porque ama la pompa y gusta de la comedia misma -entrecruza visiblemente las manos en su reclinatorio y queda como transido a la vista de todos, presa del arrobo místico y de la devoción. Y los Grandes le invitan a sus palacios y a sus cenas, y un día el poderoso Conde de Val de Reis, virrey del Algarve, le cede su misal durante los oficios... En los jardines de los palacios de Palhava o de Marvila le sucede lo que más tarde le pasaría a Proust mientras paseaba con Reynaldo Hahn, junto a un arriate de rosas de Bengala, Beckford escribe: "¡que pobre y pueril criatura soy! El perfume de las rosas me afecta mucho. Podría quedarme horas en suspenso delante de ellas y descubrir en cada instante encantos nuevos en su forma, en su color y en su aroma" Pero otros días se siente triste, comido por la melancolía, exiliado no sólo de Inglaterra, sino de un reino perfecto que debe existir más allá de la realidad o más allá del mundo. Beckford es un romántico, pero también un simbolista. Beckford será el modelo de Byron y el padre espiritual -en la actitud dandística de Baudelaire.
Pero Lisboa no es una ciudad bella -el terremoto de 1755 la dejó seriamente dañada-, hay miseria en sus calles y, en verano, el calor es pegajoso y excesivo; Walpole impide llegar a Doña María I, los perros ladran demasiado por la noche, los nobles siguen modas arcaicas, y hay mal gusto y dientes "empastados de ajo y bacalao"... Portugal le cansa, pero una tentación se le aproxima, Marialva le ofrece -si abjura de su religión y de su patria- la mano de su hija Henriqueta y, con ella, la entrada en la Corte y titulos que le harían inmediatamente Grande de Portugal. Ir al altar con la jovencita Henriqueta María Julia de Lorena y Menezes, hija de Diego José Vito de Menezes, quinto marqués de Marialva, Maestre de caballería y gentilhombre de cámara...
Beckford dudó y demoró toda respuesta. Era hermoso agredir a Inglaterra, pero también lo era recordar Fonthily y la felicidad allí gozada, y pensar que alguna vez dejaría de ser el desterrado, "un judio errante, mirado como si llevase la marca de la maldición divina". Y, además, estaban las noches cálidas que pasaba con Gregorio, con Dom Pedro y con Plycarpio, juntos los cuatro, cantando y tocando música. Estos muchachitos eran la infantil imagen de la juventud -al igual que Kitty lo había sido-. y, en sus fragiles y hermosos cuerpos. Beckford sellaba o metaforizaba, no sólo su propio ideal Narciso, sino la figura eterna arquetípica, de la Gracia del Mundo: la pura Belleza preexistente y eterna. Porque el dandy tiene siempre sed de un más allá, aunque sea físico.
Pasa unos días en una finca de los Marialva junto a Cintra. Allí recibirá -lleno de alegría- un ejemplar de la corregida edición parisina de Vathek, y allí encontrará una mañana con el mocito Franchi, quien por él ha abandonado su seminario y ha caminado cinco jornadas para encontrarle, aunque su amor apasionado de esos días -en que los padres y anfitriones esperan una resolución sobre su posible boda con Henriqueta- es Dom Pedro, el sustituto aventajado de Kitty, moreno y fogoso como su nuevo Hylas...
Sigue asistiendo con boato a misa y se postra ante el gloriosíssimo Senhor santo Antonio, cuando -de nuevo en Lisboa- acude a la misa en honor de San Miguel, porque "los dos", dice, "somos ángeles caidos". ¿Cabe mayor dandysmo?. Y el pueblo le contempla arrobado y, cuando se decide -a finales de octubre- a abandonar Portugal, los Marialva tronarán contra el embajador de Inglaterra, teórico causante de su partida, y llorarán y se echarán -el niño, la niña y los padres. Beckford tiene un pasaporte pàra España, con el sello real en sus manos.
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