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Lady Chatterley

Lady Chatterley

Wragby Hall, finca de los Chatterley, en plena región minera de Inglaterra. Octubre de 1921.

Constance, lady Chatterley, y su marido Clifford llevan uno o dos años viviendo en Wragby.

Cuatro años antes, varios meses después de su boda, Clifford, que por entonces era teniente del

ejército británico, volvía destrozado del frente de Flandes, con la parte inferior de su cuerpo

paralizada para siempre.

El invierno lo cubre todo. Constance pasa días monótonos, encerrada en su propia vida, su sentido

del deber y su matrimonio con Clifford. Triste e indiferente a todo, se va vaciando poco a poco de

sus fuerzas. Su hermana Hilda acude. Exige a Clifford que contrate a una enfermera para sus

cuidados personales con tal de aligerar a Constance de esa pesada carga. La Sra. Bolton se instala en

el castillo. Empieza una nueva vida.

Pronto llega la primavera. Fuera, la vegetación se despierta y los temblores tempranos de la

naturaleza acompañan a Constance en sus primeros paseos por el bosque. Pero el bosque es también

el territorio de Parkin, guardabosques de la finca.

Parkin vive apartado del mundo, en su casa en pleno bosque, en una soledad que se ha construido a

conciencia. La película es la historia de ambos. La historia de la aparición del cuerpo de Parkin en el

bosque de Wragby y su irrupción en la vida de Constance.

La historia de un encuentro, de una difícil vinculación, de un lento despertar de la sensualidad para

ella, de un largo retorno a la vida para él. Pero una vez establecido el contacto, es largo el camino

que les ha de conducir al amor verdadero. Porque, en la estela de su relación, tendrán que reinventar

el mundo.

Basada en

Lady Chatterley y el hombre de los bosques

la 2ª versión de El amante de Lady Chatterley de D.H. Lawrence

ESTRENO EL 30 DE NOVIEMBRE

LÍBERO

LÍBERO

Director: Kim Rossi Stuart
Actores: Alessandro Morace, Kim Rossi Stuart, Barbora Bobulova, Marta Nobili, Pietro De Silva
Síntesis: En una familia disfuncional, el padre debe hacerse cargo de sus dos hijos luego que la esposa los abandona. El hijo menor será aquel que pueda afrontar la situación con más optimismo y madurez que los adultos.
CRITICAS Libero -->Críticas
  • Clarín: Muy Buena
  • La Nación: Muy Buena
  • Dignitatem frangere (aliquius)

    Dignitatem frangere (aliquius)

    Apreciado F

    Aplaudo y me parece loable tu esfuerzo por abonanzar. Se vislumbra en tu personalidad la batalla de un hombre de clase media para escapar a su destino atávico, escalando la cumbre del buen tono con tesón. Pero no conviertas tus esfuerzos en virtudes discriminatorias. Renegar de la propia naturaleza es el pecado más insoportable de los advenedizos, tanto para la nueva clase a la que aspiras (en la que te mirarán como a un converso desarraigado), como en la clase de la que pretendes escapar (que te tachará de traidor).

    Comprendo que esa peregrinación espiritual en la que te has empeñado a lo largo de tu vida, y que por haber partido de una posición más elevada que la del jornalero a tiempo parcial, te ofusca, confundiendo la estratificación con el proceso de cambiar de estrato. Créeme, lo relevante no es el estrato sino la ambición de cambio, y sea cual sea la posición de partida, por el mero hecho de anhelar el cambio, siempre será una peregrinación de pueblo bajo, además de que cualquiera apreciará la infelicidad como desencadenante del anhelo.

    Por tanto, no expongas tu condición de infeliz y menos en una tarea tan ingrata. En silencio, F, hay cosas que hay que hacer en silencio. Evita transmitir esa imagen de mochilero del buen gusto sudando la gota gorda. Ánimo y un fuerte abrazo de tu amigo.

    En Realidad

    En Realidad

    A las 22,30 esta noche en la 2 de TVE.

    Dedicado a la maternidad.

    Producido por SAGRERA TV.

    Leitmotiv

    Leitmotiv

    El lector ideal o privilegiado de toda obra literaria será aquel cuyas coordenadas temporales y espaciales coincidan grosso modo con las del autor: en la medida en que el contexto forma parte del texto, el desconocimiento del primero empaña inevitabloemente nuestra percepción del segundo. Cuando me enfrento a una obra de un escritor alejado de mí en elo tiempo/espacio, la falta de un contexto común a ambos me obliga a ubicarme si aspiro a una lectura optimamente beneficiosa, totalizadora, global. Sólo el coetáneo del autor puede captar el mare mágnum de connotaciones, propósitos y referencias integradas en sus libros, sin necesidad de recurrir a una minuciosa, y siempre aleatoria, reconstrucción. Recrear la atmósfera cultural y social en la que se produjo el texto, situar a éste dentro de aquella, revivir los sentimientos de inmediatez, familiaridad y smpatía del público originalmente destinatario serán así empeño obligado del crítico resuelto a penetrar en sus zonas de sombra y dilucidar sus presuntos secretos.

    Partiendo de estos supuestos cuando uno está  frente a su lectura y con la caricia musical de la brisa marina de fondo se  suele entrar en un estado de felicísima pereza soñadora.

    Fuego alegre en los ojos

    Fuego alegre en los ojos

    El principio, cuando aún es un misterio ver como se desnuda tu amante, cuando sus frases aún te suenan a revelaciones, cuando tus manos tiemblan por la sorpresa de ir descubriendo los huecos y volúmenes de su cuerpo denso y misterioso... Pero, en fin, como todo dios sabe, hay dos etapas amorosas. una primera en la que alguien te gusta cada vez más y una segunda etapa en la que ese alguien te gusta cada vez menos. La primera etapa suele ser breve, la segunda no tanto. (El merito consiste, creo yo, en no mitificar esa primera etapa y en procurar que la segunda no degenere en un continuo estado de espanto emocional.) (Pero a saber...)

    Por supuesto no hay certezas absolutas, pero estoy casi convencido de que el problema de casi todas las relaciones amorosas es de orden involutivo. Sí, involutivo, porque haces el camino que va del fascinado extrañamiento mutuo a la mutua confusión de corazones, para luego dar marcha atrás y regresar al punto inicial: la mutua extrañeza, sin grado alguno ya de fascinación. Y parece lógico que sea así, ya que te enamoras de una persona en un periodo psicológico concreto para los dos, pero todo pensamiento está hecho de tiempo, y el tiempo si no sabes cadenciarlo es corrosivo y disolvente, una portentosa maquinaria que tritura a diario la conciencia hasta que llega el momento en el que ambos se preguntan. "¿Quién es esta persona que duerme junto a mí, que folla conmigo sin cobrarme, que come lo mismo que yo como, que entra en mi casa sin llamar?" Pero lo más desconcertante de todo es que a veces también terminais preguntandoos "¿Quién es esta persona extraña que estaría dispuestaa dar la vida por mí, y por la que yo daría, casi sin dudarlo, la vida?". Y es que toda relación amorosa crea vinculos irracionales, rebeldes a cualquier análisis lógico.

    A veces creo que con el amor ocurre algo similar a lo que ocurre con los electrodomésticos: se nos estropea la lavadora y nos vamos a la cama con la esperanza de que, durante la noche, despues de unas horas de reposo, la lavadora se arreglará sola. "Mañana funcionará", nos decimos antes de dormir, porque la perspectiva de pagar a un traumatólogo de lavadoras es algo que entusiasma a muy poca gente. "Mañana recuperará la lavadora el vigor del centrifugado", nos decimos. Pero llega la nueva mañana y la lavadora sigue sin funcionar, como es lógico. Pues bien, con las averias del amor sucede algo similar: pensamos que van a arreglarse por arte de magia, pero muy pocas veces ocurre eso, porque una averia es siempre una averia. Y es que los fallos en los circuitos de las lavadoras y en los circuitos amorosos no se deben a la intervención de duendes caprichosos, sino que en ambos casos se trata de fallos mecánicos. Por ello, al igual que en la filosofía hay que estar inventando frases sin parar, con la esperanza de que alguna pegue en la conciencia colectiva, en las relaciones hay que estar atentos permanentemente a cualquier cambio a la voluntad existente en nosotros.

    El secreto del amor puede ser tan simple como una simple pregunta: ¿quién va a dejar de amar a alguien si puede seguir amando?

    Beckford IV

    Beckford IV

    Tras un frustrante intento de ir al Caribe Beckford recalará en Lisboa. Y William sueña -y escribe en su diario- "en un convento portugués en el que comeré naranjas y me consagraré al culto de mi San Antonio bienamado"

    Así es como Beckford no abandonará el estuario del Tajo. Se quedara en Lisboa viviendo y viéndose vivir, puesto que incrementa la escritura de lo que será su Diario de Portugal y España. Exiliado ya conscientemente, decide ser un rey en el exilio, y paseará por estos países su lujo asiático -carruajes, trajes, fámulos- y un continuo derroche. Es un dandy, entregado al mal y a la aparatosa estética de San Antonio: el gusto -típico en un protestante esteta, como lo será después en los poetas decadentes británicos. Así es como los notables de Portugal abrirán los ojos con asombro al ver al inglés fervorosa, piamente arrodillado, y como en trance, ante las imágenes de San Antonio, santo en quien Beckford ve una encarnación de la sensualidad católica.

    El 25 de mayo de 1787, conoce en Lisboa a los que iban a ser sus grandes amigos lusitanos: los Marialva, riquísima familia noble, con un gran palacio en la ciudad y paso franco en la Corte. Pero la magia del encuentro no estará para William en los marqueses de Marialva -que fueron siempre amabilísimos con él-, sino en los dos hijos de la pareja: Dom Pedro, un muchachito moreno de ojos oscuros y continente tímido, que reproducía en sureño, la "visión angélica" de Kitty. Frente a los rizos rubios del inglés, el oscuro y dieciochesco moño del portugués, que, al principio, extrañó a William. Doña Henriqueta, muchachita de quince años, plena de encanto núbil y que, al igual que su menor hermano, no hará dengues al inglés devoto, lujoso y cantarín (Beckford cantó al clave en el palacio Marialva) y extraordinario. Los padres de los niños no se opondrán a la amistad (Portugal tampoco era Inglaterra), y Beckford, el seductor, les paseará en carroza por Lisboa y por las costas de Cascais, diciéndoles cumplidos y jugando. A algunos amigos de Dom Pedro, los visitaba Beckford despues de misa, y así conoció a Polycarpio y al italiano Gregorio Franchi. La inocencia , la música, el esplendor pagano de la misa y los meninos entretienen y encantan al esplendente Beckford, quien halla la oposición no por esperada menos molesta, del embajador de Inglaterra. Sir Robert Walpole, que impide -hablando de los escándalos de su compatriota- que William sea oficialmente presentado en la Corte por los Marialva. (Que suponen, digamos de paso, que Beckford anda enamoriscado de la niña Henriqueta, y que siente paternal devoción por Pedro). El dandy continua, obsesionado, neuróticamente con una máscara.. Se escapa a las galerias superiores para buscar y entretenerse con los meninos, deja ver su fausto y su vicio paseándose con el joven aristócrata o con el joven cantor, pero al mismo tiempo -porque ama la pompa y gusta de la comedia misma -entrecruza visiblemente las manos en su reclinatorio y queda como transido a la vista de todos, presa del arrobo místico y de la devoción. Y los Grandes le invitan a sus palacios y a sus cenas, y un día el poderoso Conde de Val de Reis, virrey del Algarve, le cede su misal durante los oficios... En los jardines de los palacios de Palhava o de Marvila le sucede lo que más tarde le pasaría a Proust mientras paseaba con Reynaldo Hahn, junto a un arriate de rosas de Bengala, Beckford escribe: "¡que pobre y pueril criatura soy! El perfume de las rosas me afecta mucho. Podría quedarme horas en suspenso delante de ellas y descubrir en cada instante encantos nuevos en su forma, en su color y en su aroma" Pero otros días se siente triste, comido por la melancolía, exiliado no sólo de Inglaterra, sino de un reino perfecto que debe existir más allá de la realidad o más allá del mundo. Beckford es un romántico, pero también un simbolista. Beckford será el modelo de Byron y el padre espiritual -en la actitud dandística de Baudelaire.

    Pero Lisboa no es una ciudad bella -el terremoto de 1755 la dejó seriamente dañada-, hay miseria en sus calles y, en verano, el calor es pegajoso y excesivo; Walpole impide llegar a Doña María I, los perros ladran demasiado por la noche, los nobles siguen modas arcaicas, y hay mal gusto y dientes "empastados de ajo y bacalao"... Portugal le cansa, pero una tentación se le aproxima, Marialva le ofrece -si abjura de su religión y de su patria- la mano de su hija Henriqueta y, con ella, la entrada en la Corte y titulos que le harían inmediatamente Grande de Portugal. Ir al altar con la jovencita Henriqueta María Julia de Lorena y Menezes, hija de Diego José Vito de Menezes, quinto marqués de Marialva, Maestre de caballería y gentilhombre de cámara...

    Beckford dudó y demoró toda respuesta. Era hermoso agredir a Inglaterra, pero también lo era recordar Fonthily y la felicidad allí gozada, y pensar que alguna vez dejaría de ser el desterrado, "un judio errante, mirado como si llevase la marca de la maldición divina". Y, además, estaban las noches cálidas que pasaba con Gregorio, con Dom Pedro y con Plycarpio, juntos los cuatro, cantando y tocando música. Estos muchachitos eran la infantil imagen de la juventud -al igual que Kitty lo había sido-. y, en sus fragiles y hermosos cuerpos. Beckford sellaba o metaforizaba, no sólo su propio ideal Narciso, sino la figura eterna arquetípica, de la Gracia del Mundo: la pura Belleza preexistente y eterna. Porque el dandy tiene siempre sed de un más allá, aunque sea físico.

    Pasa unos días en una finca de los Marialva junto a Cintra. Allí recibirá -lleno de alegría- un ejemplar de la corregida edición parisina de Vathek, y allí encontrará una mañana con el mocito Franchi, quien por él ha abandonado su seminario y ha caminado cinco jornadas para encontrarle, aunque su amor apasionado de esos días -en que los padres y anfitriones esperan una resolución sobre su posible boda con Henriqueta- es Dom Pedro, el sustituto aventajado de Kitty, moreno y fogoso como su nuevo Hylas...

    Sigue asistiendo con boato a misa y se postra ante el gloriosíssimo Senhor santo Antonio, cuando -de nuevo en Lisboa- acude a la misa en honor de San Miguel, porque "los dos", dice, "somos ángeles caidos". ¿Cabe mayor dandysmo?. Y el pueblo le contempla arrobado y, cuando se decide -a finales de octubre- a abandonar Portugal, los Marialva tronarán contra el embajador de Inglaterra, teórico causante de su partida, y llorarán y se echarán -el niño, la niña y los padres. Beckford tiene un pasaporte pàra España, con el sello real en sus manos.

    Beckford III

    Beckford III

    Desde Italia, Beckford irá a Suiza, donde, aconsejado por sus amigos, sienta morada en el pequeño castillo de la Tour de Peiltz, entre Lausanne y Vevey. Allí esperará a Lady Margaret -madre, al fin, de una niña en abril de 1785- que se reunirá con su marido un mes después. Son días tristes para el matrimonio -mientras el escándalo sacude Inglaterra- que lleva una vida, mientras William escribe Episodios que deberán ser entre complemento y continuación de Vathek, y llegan noticias de que el Reverendo Henley trabaja en la traducción al inglés del cuento árabe de William. De nuevo todo parece volver al cauce del orden. Pero el destino de Beckford estaba ya sellado por la Diferencia. Y no importa que el marido pareciese laborioso y pausado, lejos del ruido mundanal, ni que la esposa aguardara un nuevo hijo. La suerte favorece al romántico. (La suerte de su propio destino, que puede a veces, vestir el color de la desgracia). El 14 de mayo de 1786, Lady Margaret da a luz otra niña, pero muere doce días más tarde de fiebre puerperal. Cuando la noticia llegue a Londres, los airados atribuirán la muerte al "satánico" Beckford, que de Gilles de Rais -y sin dejar de serlo- se convierte ahora en Barba Azul. El cuerpo de la fiel y devota Margaret viajará sola a Inglaterra, y, unos meses después, los parientes de la madre se harán cargo de las huerfanas.

    William Beckford está solo, viejo -piensa él- a sus veintiséis años, castigado nuevamente por el Cielo y contemplando el Monte Salève, que ya en su erudita adolescencia le había indicado y enseñado que un hombre no es otra cosa que la absoluta y valiente realización de si mismo.

    William Beckford II

    William Beckford II

    Tras los grandes éxitos de la saison londinense, Beckford, con todo el esplendor de su dinero, hará un nuevo y rápido viaje a Italia, mientras Louisa, su prima tísica sigue enardeciendose de amor por él. Piensa celebrar la Navidad del 82 con el mismo rito que la del año precedente. Pero Louisa convalece en Francia y solo puede escribirle deseándole todas las venturas. Claro qué, además, William -aconsejado, conminado por su madre- se ha casado en ese tiempo, con la rica, noble y dulce Margaret Gordon. Naturalmente, no ha olvidado a Louisa ni a "Kitty", con el que sigue, lentamente, estrechando lazos. El matrimonio -que duele de celos a la sufriente prima- sirve para acercarse al muchacho, pues los padres de este temerán menos de un hombre que enfrenta la madurez de la familia y, ya a fines de 1783, está esperando un hijo. Parece que Beckford ha tomado la senda del Bien, aunque Louisa esté cada vez más enferma en Francia, y Margaret haya perdido -por una caida- el hijo que esperaba. Pero, en 1784, al joven William -cuya mujer está de nuevo embarazada- se le ofrece una prometedora carrera política: un escaño en la Cámara Baja del Parlamento, y la promesa de otro en la Cámara Alta, cuando se le conceda una baronía, a la que bien puede aspirar por su posición y por su sangre. Viaja a París y a Escocia, y, de retorno a Fonthill, le espera lo inesperado, el sello evidente de su nueva vida: Lord Courtenay les invita a él y a Lady Margaret, a pasar el final del verano en Powderham, con su familia. Sólo la madre de William se da cuenta del peligro, y le dice: "No vayas". Por supuesto Beckford irá, acompañado de su mujer. Las tres primeras semanas fueron agradables y plácidas. William paseaba por el bosque con "Kitty" bajo la lejana mirada de un preceptor. Pero el muchachito (ahora con diecisiete años) no era ya el niño que se dejaba ganar por el arrebato cuando se veía con su admirador y par. Parecía diferente y menos complacido -los ángeles tampoco son eternos- y acaso ese desapego del muchacho hizo estallar la tormenta. La noche del 12 de ocrubre de 1784, Beckford, lleno de pasión, se llega hasta la habitación de "Kitty", en la que -echado el cerrojo- tendrá lugar una escena de ternura y celos en la que los murmullos y los gritos del propio Beckford terminarán por despertar al preceptor, quien lo ve todo por la cerradura de al lado y acude a avisar al padre del jovencito y a los criados. El escándalo es terrible, y ni siquiera la enamorada Lady Margaret puede atenuarlo. Acusado de "corruptor" y de "monstruo", Beckford abandona Powderham. La acusadora noticia corre como la pólvora y convierte a Beckford en lo único que le faltaba aún para coronar su triunfal vida de malditismo y disidencia: un proscrito. A fones de ostubre, embarca precipitadamente hacia Italia, mientras los periódicos truenan contra ese Gilles de Rais. Se habla de "magia negra", "encantamientos" y, por supuesto, del terrible vicio: "Detestable escena", dirán los periódicos, "ocurrida entre una pareja fashionable de amantes masculinos.

    William Beckford

    William Beckford

    William Beckford nació en Londres en 1760. Su padre, de igual nombre, era en aquellos momentos Lord Mayor de la ciudad, pero, sobre todo, el descendiente de una dinastía de terratenientes coloniales, poseedor de una inmensa fortuna, vinculada con las prósperas plantaciones de caña de azúcar en Jamaica, y ampliada en el mercado de negocios de la metrópoli. Siguiendo una rara norma para excéntricos ilustres, el padre del Beckford al que voy a referirme fue sumamente mujeriego y tuvo una amplia sucesión de bastardos. Por lo demás, era tenido como liberal en política. Pero este señor casó con una de las sangres más azules de Inglaterra. Mujer fuerte, era una Hamilton, nieta del Conde de Abercorn, asimismo Conde de Arran y Duque de Chatelleurat, nieto a su vez de María Estuardo y descendiente, además, de Eduardo III. ¿Se podía pedir más! Desde luego sí, y Willaim Beckford lo tuvo. Una impresionante mansión campestre, Splendens, hecha construir por su padre en Fonthill, un ilustre padrino de bautismo, Pitt, en aquel momento Lord Chatham; y una notable inteligencia, que llevo a William, enamorado siempre de la música, a tomar, a los cinco años, sus primeras lecciones con Wolfgang Amadeus Mozart.

    Pero tal vez la verdadera historia de este niño ilustre, precoz y con propensión a la introspección y al estudio, comience, o se declare, cuando llega a él, en calidad de profesor de dibujo, un raro personaje, pintor y fabulista de sí mismo, llamado Alexandre Cozens. De origen ruso, pintaba extraños paisajes oníricos y había recorrido el mundo, fascinado por el misterio y por los más allá... Naturalmente, Cozens era la chispa, la llama, acaso leve, que el oculto sello de Beckford (un muchachito de dieciséis años) necesitaba para saltar, para iluminar, manifestándose...

    Y algo debieron de notar los preceptores del talentoso niño cuando decidieron separarle momentáneamente del ruso y enviarle a Ginebra, a una villa junto al lago Leman, propiedad de unos parientes de la madre de William. Pero allí, ya imparable, en aquel cultivado centro de la ilustración (que ensalzaba el Romanticismo negro), Willain Beckford no sólo ampliará sus estudios, sino que sentirá, ante el espectáculo de una naturaleza agreste, despertarse en él los sentimientos de misterio, diferencia, intensidad y afán de Todo. De momento, deseos que se centran para el adolescente en la mole e imagen del Monte Saléve, que sueña con escalar. (Y proyectos que le son descritos por carta al iniciador, al gurú, Cozens).

    Beckford subirá al Saléve el 13 de septiembre de 1777 y sentirá allí, pues lo buscaba, una suerte de iluminación, en la que misticismo y terror se dan la mano: dos formas de la intensidad. Y decidirá, ya abajo, y a sus diecisiete años, que lo que espera la gente que le rodea él nunca lo será. El caballerito educado, galante, sabio en el francés y en caballos, amante del roast-beef y de las cuadras, desdeñando la poesía y asesino del gusto. Ahí está ya, en visible figura, el dandy que Beckford será; el rey de si mismo contra la sociedad vulgar. Imagen también de dos conceptos: vividor y desterrado.

    Vividor lo es Beckford, porque quiere para sí una vida plena.Una vida en la que procurará llenar, gastar todos los instantes absolutamente. Una vida cuya aspiración continua sea la intensidad. Una vida dedicada al derroche de sí misma, lo que la convierte, sin paradoja, en plenitud. Pero desterrado también, y al tiempo, porque Beckford intuye siempre que hay un grado más en la pasión o en el amor al que el hombre no accede jamás, porque presiente una realidad total y jubilosa, que contradice el mundo de lo real y a la que, si la intensidad apunta no alcanza nunca. Y él por su deseo y por el orgulloso desdén a cuanta mediocridad le rodea, se siente habitante, ciudadano de esa realidad total e ideal y, por tanto, un desterrado que procura ser fiel a su origen, mientras, cargado de nostalgia y de tristeza, deambula fantasmal por un mundo que le es corto y ajeno… Ya Goethe ha dicho en su Diván oriental: "No seas sino un invitado en esta sombría tierra…"

    Poco después de su ascenso al Saléve y de la toma de las resoluciones rebeldes, William retorna a Inglaterra, no sin antes haber visitado a Voltaire en Ferney con el que se entretiene largamente el adolescente hablando de los versos hermosos de Ariosto. La visita a Voltaire será para Beckford como el padrinazgo de la vida que él había emprendido por cuenta propia, decidiendo cultivar su distinción, que es también su disidencia, y soñando como lo hizo sobre el Saléve, con el Mal y con sus pompas y sus obras, ya que el Bien era aquella realidad pobre, mediocre y vulgar que le ro deaba. El dandy toma el camino del Mal, porque así se llama lo que está contra la norma. (Y casi no importa que norma sea)

    De nuevo en Inglaterra, la madre llevará a su hijo a conocer a las más notables familias del país, que son su medio y de donde deberá salir su futura esposa. Pero el cultísimo adolescente no descubrirá a ninguna muchachita bella, sino a un homónimo niño de once años, William Courtenay, que es su igual, con siete años de diferencia. En la belleza del pequeño William, Beckford ve la encarnación de su sueño ideal, la imagen de la beldad angélica, no de este mundo, y se ve también a si mismo. Porque el dandy necesita ser narciso, aunque el narcisismo no recaiga siempre y necesariamente sobre uno mismo.

    El pequeño Courtenay, varón único rodeado de hermanas y descendiente, por ambas ramas, de tres emperadores de Bizancio (apodado Kitty en intimidad) despertó un gran amor, una pasión, en Beckford, acaso la única gran pasión de su vida, es decir, la que debería tratar de reconstruir continuamente, y, le escribe cartas llenas de encendida intensidad. Le cuenta al muchacho cómo los que le rodean le ven abatido y triste, y cómo su madre se ofrece a procurarle cualquier cosa que pueda hacer su felicidad. Agregando, en velada confesión: "Seguramente debimos haber sido dos amigos inseparables en alguna otra existencia, de otra forma ¿cómo habríamos experimentado este repentino amor el uno por el otro? Y cada hora se acrece…" (George Romney, pintor de cámara, nada desdeñable, pintó el retrato de los dos William, y su parecido es tal en símiles edades, algo más beatífica y dulce la mirada de Courtenay, que, más de una vez, uno ha sido tomado por el otro al ilustrar biografías o estudios sobre Beckford). Un Beckford en el que se van viendo ya los estigmas todos del "malditismo": transgresión, moral y erótica, desclasamiento frente a una sociedad estamentada que le guarda su puesto, deso del mundo y renuncia del mundo y final sentimiento de destierro, de amenidad frente a cuanto le rodea. El dandy, se ha dicho, es un ser desclasado y doliente, pero prefecto.

    ¿Accedió el joven Courtenay a los requerimientos de su nuevo y mayor amigo? No parece. Se limitó a contestar sus misivas y a ser amable las pocas veces en que se vieron. Pero el símbolo ya estaba dado: la imagen terrible del ángel. La forma mejor de la realidad, tapada bajo la apariencia de una "amistad particular". Beckford sólo confió su amor a su prima y enamorada Louisa, hija de su padrino Pitt, clásica mujer del Romanticismo, hermosa, lánguida, en los comienzos de la tisis, casada desde los diecinueve años (tenía veinticinco en el momento de la confesión de William) con un marido al que no ama y apasionada, sin embargo, de su joven primo, precoz, bello y maldito.

    Obsesionada por la melancolía de su hijo, la madre de William, dispone para él de un gran viaje de placer y de conocimiento por el Continente: recorrer Europa como el delfín de un rey, entre junio de 1780 y abril de 1781. Perdidamente enamorado de William Courtenay, el querube de trece años, Beckford (que tiene ahora veinte) escribe a su prima. "No logro romper mis cadenas"… Lucho, pero cuanto mayor es mi esfuerzo por desembarazarme, más me atan. Ese loco amor mio me hace insensible a todo. Enfebrecidamente voy de lugar en lugar, pero todo es vano, pues me persigue, me persigue con tal prontitud, que me alcanza en seguida y como suyo me marca.

    El lujoso viaje, a cuerpo de rey, tiene su primer hito en Venecia, donde recibe al viajero una ex amiga de Casanova, Giustiniana, Condesa de Orsini-Rosenberg. Recepciones, palacios y vida galante para el joven y culto señorito en una ciudad galante y dorada. Asaltado por las damas, y especialmente por las hermanas Vendramin, de ilustre familia, que se pegan por él, William, desdeñoso, altivo y desclasado, se prenda del hermano menor de las tales hermanas, la amistad es correspondida, y la joven pareja (Venecia no era, afortunadamente para él, Inglaterra) se deja ver en conciertos y casas nobles. La Venecia dieciochesca es una ciudad encandilada por la música, y aires de Vivaldi o de Corelli, mientras los amantes, al crepúsculo, van en góndola a las islas de Murano y Torcello. El encuentro veneciano con la música es muy importante para William, la música será siempre un vehiculo para huir del mundo, que dice haber tenido un extraño delirio al haber escuchado un aria de Orfeo a Marieta Cornari.

    Separado de su joven amante veneciano, historia nada platónica, el periplo italiano de William Beckford continúa entre música. En Lucca escucha a Pachierotti, el célebre castrado de voz blanca. Prosigue por Papua y Florencia, encantado por la liturgia de las iglesias y melancólico del amor perdido (¿de cuál?), contando en sus cartas al Conde Benincasa, chevalier servant de Giustiniana Orsini, sus pocos ortodoxas pasiones y su desprecio por la realidad que le rodea, donde de nuevo brota la paradoja, pues esa detestada realidad es vivida intensamente. Piensa, viajando, en las pompas de Grecia y Roma, siente una primera devoción por San Antonio (culto que será siempre adornado de paganía) y sueña con Kitty, justo en el aniversario de su primer encuentro. Prosige por Italia su periplo de "joven rey" de un "principe artista" lleno de arias y música, cenas en palacios suntuosos, aventuras con muchachitas y ragazzini, locuras, delirios, magia, y la continua melancolia por el querubín Courtenay, sobre el que pide noticias a Louisa. El retorno del viaje le lleva dos meses a París, donde continuará la fiesta, la música y el recuerdo.

    De nuevo en Inglaterra, entre extasis operescos y fascinación por los cuentos árabes, William será conminado por su madre a ir sentando la cabeza y preparándose para asumir su condición de rico heredero y par del reino, con segura silla en el Parlamento. Pero William solo tiene anhelo de hablar con su prima y de narrarle sus deseos de amor, infernal, lo llamará ella, y de convertir Fonthill, la mansión familiar, en un palacio de las mil y una noches… ¿Qué es todo lo demás? Está a punto de alcanzar la mayoría de edad, debe redactar las notas de su viaje a Italia y atraer a Kitty (al que sólo una vez ha vuelto a ver) a la fiesta que prepara para la celebración de su mayoría de edad, de su entrada social al mundo.

    Para tan fausto día, y tan señalado como será en la vida de Beckford, contará con la ayuda de un extraño personaje, conocido por intermedio del fiel Cozens, llamado Jacques-Philippe de Loutherbourg, decorador, escenógrafo y especialista (casi mago entonces) en efectos de luz y sonido. Louisa se encargará de que Kitty pueda acudir a la fiesta, y Loutherbourg de hacedr de Fonthill, con la ayuda de otros tramoyistas un palacio oriental, un lugar de delirio.

    Es la Navidad de 1781. La tormenta golpea los muros completamente cerrados de Fonthill. Los servidores tienen severísimas órdenes de no dejar entrar a nadie, y durante los tres días que durará la fiesta, ni la "banal" luz del sol podrá penetrar allí. Dentro, un decorador de ópera oriental y nigromancias se presenta. Un hall egipcio, como en piedra tallada, y salones repletos de tapices y alfombras de Persia, y quemadores de perfume, y grandes órganos simétricamente dispuestos, y cestos y bandejas de plata repletos de viandas y frutas tropicales… Vapores aromáticos, tisúes dorados, y los invitados, casi todos jóvenes, solazándose a su antojo en tal paraíso, mientras suena la música, y las voces blancas de los tres mejores cantantes de Italia contratados para la fiesta, entonan las arias más renombradas de Mozart o de Cimarosa, o suenan simplemente concatenados conciertos. Hay también habitaciones oscuras como templos y galerias decoradas como si fuesen pasajes subterráneos bajo algún reino prohibido. Bebidas, viandas, fragancias… Todo está preparado. A excepción de Cotzens y de Loutherbourg, de Beckford y de Louisa, todos los demás son jovencitos y muchachas escogidos en función de su edad y de su belleza. Un niño entre trece y catorce años, descrito después como "un verdadero Jesús de Praga", sirve de paje a la prima del anfitrión y será la "ofrenda" de la noche a las potencias del Mal, a las cuales quiere William celebrar. La Saturnal ("estuvimos tres días encerrados" dirá Louisa) debió de ser delirante, y se hizo pronto celebre. ¿Muchachitos "sacrificados" al Principe de las Tinieblas? Mejor, muchachitos convertidos ellos mismos en la angélica imagen de Luzbel, en su representación deseada. De esa fiesta nacerá Vathek, y de algún modo es el punto central para entender a Beckford: el dandy "gran señor" que sella en la belleza, la intensidad y el delirio, su pacto, su alianza contra el Bien, contra lo Establecido.

    En febrero de 1782, Louisa escribe a William (del que sigue perdidamente enamorada): "Miserable me siento por no tener ahora ninguna pequeña víctima a quien preparar para el sacrificio de tus altares". Es el momento en que Beckford redacta, durante tres días, con sus noches referirá él, su cuento árabe, Vathek, sin duda su obra literaria más conocida y admirada a posteriori. Lo escribe en francés, para que la transgresión que todo el relato ensalza (correlato de la Navidad de 1781) se refleje también en la tránsfuga lingüística. Parece, sin embargo, que Beckford laboro en su nouvelle cerca de cuatro meses, y que aún la trabajó más tarde. Meses en los que William sostuvo también una vida de placer y de mundanidad: llamando la atención por sus vestidos y sus maneras. Beckford llegaba a las mejores casas de Londres, auroleado por el escándalo que ya vivía con él. Bailarín infatigable, cantor, mimo en conversación y en imitaciones de personajes célebres, decidió escribir la música para una ópera cuyo libreto haría su amiga Lady Craven. Es el momento en que William, en encantador y perverso William, podría autollamarse como un compatriota suyo, y en cierto modo discípulo, se dirá más de cien años después. El Rey de la vida.

    Vathek es la historia de la búsqueda de Eblis, el Luzbel de los mahometanos, por parte de un joven príncipe, para, entregado al Mal y a sus pompas, gozar del poder y la sabiduría que tuvieron los sultanes preadamitas,a los que el propio Vathek (nieto del califa Harún) quiere emular. Se trata, pues de una cumbre, muy romántica del individualismo. Autoafirmarse, y asumir todas las posibilidades que tal "sí" ofrece. Beckford, que se retrata en la obra, realiza en ella un gesto dandy, pero lo exagera, lo lleva más allá del gesto mismo, el superhombre es, en alguna manera, divinidad.

    Tranquila. Déjame a mí.

    Tranquila. Déjame a mí.

    Arrullado por susurros y tras la galopada por las praderas dérmicas he dormido y he soñado con el sueño de aquellos que conocen las profundidades. Pero he salido del sueño antes de llegar a los años decisivos del pez azul, de los lagartos marinos y de los rodaballos... ¡Ah, los rodaballos! Será mejor no mencionar a los rodaballos, porque los rodaballos me retrotraen y mil rodaballos no están tan rodaballeados como yo. Prefiero no mentarlos. La ciudad marina de los rodaballos... Más que cualquier otra cosa fueron los rodaballos quienes hicieron que yo regresara a la superficie. El único buen rodaballo es el que avanza por el tubo digestivo. Uno trata de esconderse en la oscuridad, pero no encuentra sosiego. Sin embargo, sí que valió la pena conocer a aquella gaviota que levaba un pendiente. Hasta la fecha sólo he visto una gaviota con pendiente. Era de plata. Qué magnífico trabajo de orfebrería.

    Hoy el rodaballo Sarkozy ha dicho que el 68 queda enterrado. Bien, ha dicho la gaviota, pues viva el 69.

    Atoivag

    Atoivag

    Habíamos decidido hacer nuestro primer viaje a Lisboa. La aventura de viajar juntos; la dicha de estar ilocalizables.

    Viaje en el coche de S, 6 horas de trayecto vía Badajoz Llegada a Lisboa a última hora de la tarde, La visión desde el puente 25 de Abril ha sido portentosa: a la izquierda la inmensidad del Tajo abriéndose al Atlántico, y a la derecha la ciudad subiendo y bajando por las colinas, desparramándose hasta la orilla del río que es casi mar. Lisboa reposando en el ámbito de una tarde más, cotidiana y lenta, pero a la que yo asistía como a algo nuevo, sorprendente y encantadísimo de compartir estas emociones con la bellísima S. Una extensión de barrios desconocidos, sobre los que carecía de puntos de referencia y que ya nunca más, desde ese instante, iba a contemplar con la misma extrañeza. Una vez pasado el puente, ya dentro de la ciudad, la visión de las primeras calles, de los primeros lisboetas, de los primeros coches... . Hemos parado en una zona donde estuve en mi última visita: Campo Grande. Hemos aparcado en un parking próximo y hemos cruzado la avenida y nos hemos parado en un parque cercano, a respirar los primeros aires de Lisboa.Tenemos reserva en un hotel cercano a Campo Grande pero me entra una leve sensación de desamparo ante la ciudad completamente desconocida, hemos caminado un rato, sin prisas, sin destino.Ir con S hace que todo me resulte más dulce y llevadero. Una vez que nos hemos instalado en el hotel es cuando he sentido que de verdad habíamos llegado a Lisboa. Ya había pasado lo más trabajoso del viaje. (Todas las torpezas e indecisiones como copiloto me han hecho ver que más que viajar, es decir, desplazarme; lo que me gusta es establecerme en ciudades.)
    .....Tras ducharnos (juntos) hemos heho el amor por primera vez en una ciudad que no es la nuestra. Despues de tantas horas tenía unas ganas de follar tremendas,la determinación que traiamos en nuestras cabecitas locas ha sido imparable. Ella folla tan jodidamente bien que me quedaría que me gustaría prolongarlo per secula seculorum pero hemos venido a hacer cultura viajera. Despues de deshacer la maleta hemos salido a dar nuestro primer paseo. Desde el principio, ninguna emoción exagerada, ningún arrebato, sino el sereno y dulce acomodamiento a una ciudad que me ha parecido la mía. Hemos oído el portugués, hemos observado a la gente, hemos respirado el aire de las calles y nos hemos sentido integrados con una suavidad que no me ha dejado de sorprender. Hemos tomado un taxi a la Praça do Rossiy desde allí, hemos bajado por la Rua Augusta, con paso lento, contemplativo, deleitoso. Me ha alegrado ver la enorme cantidad de negros (y de negras) que hay en Lisboa; la sensualidad general de todas las muchachas aunque la belleza de S me ha mantenido bastante absorto en ella. Hemos llegado a la Praça do Comércio, nos hemos asomado al muelle: la noche reposando en el agua oscura, las luces de la ciudad, el puerto a la derecha... Tras caminar un rato en la otra dirección, por la Avenida Infante D. Henrique, completamente vacía, y asomarnos a algunos callejones de Alfama, construidos de materia antigua, medieval, hemos regresado a la Praça do Comércio, hemos subido otra vez por la Rua Augusta y allí nos hemos sentado en una terraza muy animada, donde he pedido "uma cerveja" y S un beefeater. Eran las once de la noche.Luego hemos regresado a los lugares donde nos dejó el taxi, para contemplarlos mejor: la Rua do Carmo, la Rua Garrett... Hemos seguido subiendo hasta el Bairro Alto. Hemos inspeccionado los locales nocturnos de la Rua Diario de Noticias y de la Rua da Atalaia: había bastante animación,.

    Ha vuelto a asaltarme la sensualidad, un deseo tierno de contacto con S y nos hemos besado durante largo rato. Abrazados hemos seguido caminando y, de repente, algo inesperado: un mirador, que luego hemos identificado como el de São Pedro de Alcântara, y la primera visión desde arriba de la ciudad. El mar al fondo (o ese río que es mar), el Castelo de São Jorge, los edificios viejos, iluminados, el cielo con la luna a punto de completarse, el rumor vivo de la ciudad.

    Nos sentamos en el banco de un jardín. Se está bien aquí. La luz de la luna hace maravillas con las plumas irisadas de unos patos azulones que nadan en el estanque. Dos formas de belleza, los ojos de S y unos reflejos irisados. Trato de imaginar qué haría un artista con eso.

    Hemos regresado más tarde al hotel, tras andar otro buen rato, con la cabeza llena de imágenes y la sensación de estar en Lisboa como si fuera nuestra ciudad.

    Curiosidad. Por las niñas de tus ojos.

    Curiosidad. Por las niñas de tus ojos.

    Una noche, hace muchos años, cruzaba la carretera con cuatro amigos cuando un coche volvió la esquina y empezó a pitarnos. Nosotros estabamos haciendo el ganso, pero el conductor no tenía motivos para tocar el claxón. Le hice el gesto que todos conocemos, y el coche frenó en seco y de el bajo un tipo bajito que se acercó a nosotros colocándose unos guantes. "¿Qué?", dijo con una vocecita nada temible. Eso fue todo.

    "Nosotros pensamos: "Este tío sabe que somos cinco. Ve claramente que hay uno, dos, tres, cuatro, cinco tíos, y él va solo. No parece borracho, ni le acompaña una chica a la que impresionar". En cualquier ciudad, por la noche, si uno va por la calle y se encara con cinco tíos no se arriesga a que le dejen un ojo a la virulé sino a pasar toda la vida en una silla de ruedas. O es el más macho de la ciudad o un temerario con dos pares. Mis amigos y yo nos miramos y el tío gritó: "Me lo imaginaba", y regresó al coche. Muchas veces pensé en esa escena. A veces me dió rabia no haberlo intentado, porque tenía curiosidad por saber si el tío lo decía en serio. La curiosidad es lo que peor se lleva.

    Hace tres meses una tía que caminaba con otras dos se me cruzó en la noche y me dijo "¿Qué?" las otras dos la jalearon con un ritmo gracioso y parlanchín.

    El viernes santo hicimos un ménage a quatre en Toledo

    Primavera

    Primavera

    Una cena en un templo Shaolin:

    Discipulo:

    -Sabio Maestro, ¿podría decirme cuál es la diferencia entre una perla y una mujer?

     

    Maestro:

    -La diferencia, humilde aprendiz, es que a las perlas, esas gotas de mar enhebradas, se les puede entrar por dos lados, mientras que a una mujer sólo por un lado.

     

    Discipulo (un tanto confuso):

    -Pero Maestro, la eternidad me guarde de contradecir vuestra himalayica sabiduría pero, oí decir que ciertas mujeres permiten entrar por los dos lados.

     

    Maestro (con una sonrisa delicada y una mirada de soslayo):

    -En ese caso, discípulo afanoso, no se trata de una mujer sino de una perla.

     

    Meditemos

    Bam Bam. En recuerdo a Hunter S. Thompson

    Bam Bam. En recuerdo a Hunter S. Thompson

    Hace mucho tiempo, en 1966, el periodista norteamericano Hunter S. Thompson (que en paz descanse) escribió un libro sobre los Ángeles del Infierno, la pandilla motera de la Costa Oeste, gracias al cual los perplejos lectores se enteraron de algunas de las peculiaridades de la más violenta de las tribus urbanas de aquella época. Los Hell´s Angels recorrían el país montados en Harleys, bebiendo cerveza en grandes cantidades y enfrascándose en peleas que hoy nos parecen más pintorescas que sangrientas, aunque sin duda alguna, alguna de las grescas de los Ángeles también fue sangrienta, sin olvidar aquel penoso incidente donde acuchillaron hasta la muerte a un espectador en un concierto de los Rolling Stones mientras Mick Jagger en el escenario nos hablaba de su simpatía por el diablo. la estética de los Ángeles surgida de la mitología del western y su prestigio, el prestigio de los "desperados", los que eligen, al unísono, la libertad y la desmesura, jóvenes blancos proletarios, machistas y racistas, sin estudios y con trabajos eventuales, diríase los futuros integrantes de las hermandades arias que crecieron en las cárceles de Estados Unidos cuando el sueño de los Ángeles, las carreteras interminables, se agotó en su propia inanidad. Thompson convivió con ellos durante unos meses esquizofrénicos y agotadores y el resultado es este libro salvaje (como todos los que, por otra parte, escribió Thompson, que siempre fue el más salvaje de los Ángeles. En Miedo y asco en las Vegas llevada al cine e interpretada por mi querido Benicio del Toro, somos conscientes de como vivio Thompson su alocada vida). En sus páginas legibles pese a los más de treinta años transcurridos, volvemos a vivir las fiestas de la pandilla dionisiaca en la california de los beatinicks y del nacimiento de los hippies, las orgias y el comercio sexual cutre en el que los Ángeles eran expertos, las razzias policiales y los vanos e ingenuos intentos de Allen Ginsberg de reconducir ideológicamente a estos descerebrados. ¿Qué se hizo de los Ángeles del Infierno? Aún hay algunos en la Costa Oeste pero ya no provocan miedo a nadie. Su prestigio es otro souvenir para los visitantes holliwoodienses. Cualquier banda de pachucos o negros (antes tan despreciados por los moteros) sería capaz de exterminarlos en una sola noche.

    "Te voy a meter todo" Seduciendo con palabras

    "Te voy a meter todo" Seduciendo con palabras

    Tiene el ejercicio del amor (tomado en su parte menos elevada, es decir, como un ejercicio) ciertas posiciones y propuestas difíciles de verbalizar. Los amantes que deseen referirse a ellas no disponen de muchas posibilidades si quieren huir de las expresiones soeces. No se puede acudir en pleno romanticismo a verbos como "lamer", "chupar", "empujar"... La seducción de la semántica llegará en ayuda de quien se la pida al dios del lenguaje.

    Y es aquí donde recuperan su sonido las sílabas, y todo su sentido las metáforas que nos enseñaron los poetas. Cuando alguien deseche el verbo "chupar" y escoja "acariciar" (tal vez "acariciar con la boca") habrá cambiado la representación más chabacana de la succión, inserta en su misma sonoridad, por la más elegante expresión de lo delicado. Lo delicado que se contagia de esa i intermedia, lo delicado de las ies de "acariciar", una palabra que dejó en el español el idioma italiano ("carizzie"), transportador de tantos conceptos de lo refinado. "Acariciar" implica siempre ternura, pasar las yemas de los dedos suavemente por la cara, por los brazos, por las manos... Acariciamos a nuestros seres queridos, acariciamos una idea que esperamos realizar.

    ¿Quieres que te acaricie ahí con mis labios? ¿Quieres que te bese ahí? Y "ahí" tendrá un valor semejante al "acariciar" que me refería antes. La proximidad de los amantes bien puede permitirse un adverbio tan cercano.

    Esa caricia llena de ies aun cuando sólo disponga de dos, caricia, se puede aplicar a los lenguajes más prohibidos para el lenguaje. Porque la caricia está connotada con el cariño, términos ambos que tal vez por casualidad empiezan igual y que no por casualidad se hallan próximos en la mente humana una vez que han empezado igual, acuden juntas a los circuitos cerebrales como han demostrado los psicolingüistas. Acaricia, cariño... caritativo... El diccionario mental nos envia a la mente inconsciente toda esa página hermosa cada vez que oímos la voz "caricia". Y en este caso seduce su sonido.

    Las metáforas, los olores de las palabras y los valores de las letras seducen, pues, en la poesía y también en el juego amoroso, incluso en el momento álgido, el culmen de la relación sexual. Los amantes delicados no se referirán entonces a un verbo como "meter", vulgar donde los haya, porque podemos meter la pata, meternos con alguien, meternos en un lio, meter miedo. Tantos valores peyorativos acompañan a "meter" y "meterse" que por fuerza se ha contaminado para la función a la que ahora aludo, y hasta resulta estilísticamente poco recomendable para cualquier escrito. En "meter" y no digamos ya en "romper" se percibe vigor pero también suciedad. Y tampoco servirá para esta situación la palabra "penetrar", que los forenses y los policías pronuncian con rigor profesional; porque la penetración implica violencia, se consigue con dificultad, y puede alcanzar un grado de agudeza; y así sentimos el frío penetrante, el dolor penetrante. La fuerza descriptiva de "penetrar" se torna nula si buscamos la fuerza de la seducción, porque la historia de las palabras y las compañías regulares que hayan tenido influyen en la manera de percibirlas.

    El amante certero preguntará entonces, por ejemplo: "¿Quieres que entre en ti?". Frente a "meter" frente a "penetrar" se connota en cambio con la naturalidad: entra el año, entran las estaciones, entra el mes entrante, todo sucede con "entrar", como si formase parte de un designio sencillo, entra un libro hablando de tal cosa, entra el coche en el garaje. Entra un instrumento en una sinfonía, nos entra una camisa, nos entran los zapatos... y todo ello es natural. Qué diferencia con "tengo que meterme los zapatos", "hay que meter un instrumento", "mete tal cosa en el cuaderno que escribes"... Meter implica forzar,entrar sugiere pasar (la suavidad de esta s).

    "Me gustaría entrar dentro de ti", propondrá el hombre. "Me gustaría que estuvieras dentro de mí", ofrecerá la mujer. Y "dentro" adquiere un valor inmenso en la seducción, porque, obviamente, una vez que se entra se está dentro; pero el hombre deberá entrar y ese verbo va ligado a la inconsciencia de otra acción seductora, que se percibirá como "adentrarse", verbo que se contagia del anterior y da idea de suavidad progresiva, de sigilo, como el enemigo que se adentra en las filas enemigas, despacio. Adentrándose, el amante ocupa el valor total de las palabras, el que cada una toma por si misma y por sus vecindades. "Dentro" fue en latín de intro, emparentada con "intro-ducir", o conducir dentro, más tecnica esta voz, menos sugerente pero también más dulce que "meter" y a la que sustituye con ventaja.

    Ya dentro de ti el placer. La palabra placer, seductora por sí misma y acompañada por "juntos", representa sólo la proyección sensitiva del acto sexual. Pero esa proyección en el pensamiento lleva aparejada la imagen misma de la unión carnal, reforzada además por el efecto metafórico y por las veces en que hemos asociado su sonido a una situación agradable. LLegamos así a la conclusión de que la mera pronunciación de la palabra "placer" ya lo produce.

    Mundo narrativo

    Mundo narrativo

    Poemarios.

    Los conjurados. Borges

    Ladera este. Octavio Paz

    Alcoholes. Apollinaire

    Prufrock y otras observaciones. T.S. Elliot

     

    Novelas.

    La educación sentimental. Gustave Flaubert

    Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar

    La hora de la estrella. Clarice Lispector

    El factor humano. Graham Greenne

    Memórias póstumas de Blas Cubas. Machado de Asis

    La vida exagerada de Martín Romaña. Alfredo Bryce Echenique

     

    Ensayos filosóficos.

    Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía. Safranski

    Maditación sobre el poder. Eugenio Trias

    Crepúsculo de los idolos. Nietzsche

    Breviario de podredumbre. Cioran

    Diccionario de las artes. Felix de Azúa

    Frenando a Fernando

    Frenando a Fernando

    Lo cierto es que no esperaba mucho del estreno en un telediario de Fernando Sánchez Dragó y las expectativas han cumplido su escepticismo.

    Un tipo engastado en casticismos de frases hechas y de citas solapadas, ese estilo de barroquismo que nada dice. El deseo explicito de Dragó es el de transmitir un mensaje, para eso le ha contratado la presidenta de la Comunidad de Madrid con nuestros impuestos. Más que un telediario con mensaje, Dragó es un predicador. La entrevista a Ortega Lara ha sido utilizada únicamente para soltarnos un sermón. El sermón de la montaña de Sánchez Dragó. Los predicadores nunca bromean, y este individuo, predica su pasión viajera, su antieuropeíemo militante, sus prejuicios antidemocráticos, su mística oriental, su quijotísmo sublimado y tantas cosas más. Poco importa que el resultado de su predicamento tenga mucho de empanada mental, su megalomanía está por encima de contradicciones. Y es que,como cualquiera de esas sonrientes y alborotadas divinidades asiáticas, Sánchez Dragó tiene ocho brazos, y los ocho le señalan a él mismo.

    Un minuto del nuevo telediario de Dragó es como una hora sin anestesia en el dentista.

    Beefeater

    Beefeater

    En la traicionera foto aparecían un par de deslumbrantes gluteos, que resultan prodigiosos incluso en medio de tanto prodigio. Parecen un geométrico dibujo, un monumento más que una parte del cuerpo. Las piernas largas y los senos cónicos la condenan a soportar a los trastornados y a los gañanes egocéntricos más repelentes, pero ella sólo te sacará el hielo de la boca si le gustas de verdad y eso en estos tiempos en los que vivimos una severa promiscuidad es todo un lujo.

    Haber aportado dos criaturas al mundo no constituye sino una prueba más de la indestructibilidad de su belleza. Es de esas mujeres que te dan ganas de pararlas en la calle y darle la mano para felicitarlas.

    Tras la última capitulación textil resulta todo conocido pero no por ello deja de sorprendernos, paradójicamente.

    Pasa enfurecido y endurecido todo el día. ¡Reventará si no mete su lengua en su boca empapada de saliva. Si no chupa sus pechos, si no muerde y palmea sus nalgas, si no frota su pie izquierdo en su sexo caliente y viscoso antes de enterrarle ese músculo hinchado de sangre que es que no sabe que hacer con el en todo el día! ¡Rugidos de leopardo con varios venablos mortales en la espina dorsal, en la tripa, en los cuartos traseros, pero sobre todo, sobre todo en la cabeza, escroto en llaga viva del espíritu!. Se consuela con el recuerdo y las fotos robadas y hundiendo la cabeza hasta el fondo de la almohada en busca de huellas olfativas. Elle.

    Un poco de bálsamo

    Un poco de bálsamo

    La estima de uno mismo es importante, pero también lo es la estima a los demás, que suele ser tan importante al menos como a uno mismo. Así como quien se subestima cae simpatico, quien se sobreestima cae gordo. Cuántas personas patéticas he comnocido con la estima por las nubes que sueltan sin pudor y sin venir a cuento esas urracas disfrazadas de cisnes: Ésa está coladitá por mí. Yo juego al squash bastante bien. Yo no leo lo que la mayoría, paso de los best sellers. Yo no viajo a donde viaja todo el mundo. Yo soy bastante especial. Yo, yo, yo... Que los zurzan si mienten; si no mienten que les den una sobredosis de humildad.