William Beckford nació en Londres en 1760. Su padre, de igual nombre, era en aquellos momentos Lord Mayor de la ciudad, pero, sobre todo, el descendiente de una dinastía de terratenientes coloniales, poseedor de una inmensa fortuna, vinculada con las prósperas plantaciones de caña de azúcar en Jamaica, y ampliada en el mercado de negocios de la metrópoli. Siguiendo una rara norma para excéntricos ilustres, el padre del Beckford al que voy a referirme fue sumamente mujeriego y tuvo una amplia sucesión de bastardos. Por lo demás, era tenido como liberal en política. Pero este señor casó con una de las sangres más azules de Inglaterra. Mujer fuerte, era una Hamilton, nieta del Conde de Abercorn, asimismo Conde de Arran y Duque de Chatelleurat, nieto a su vez de María Estuardo y descendiente, además, de Eduardo III. ¿Se podía pedir más! Desde luego sí, y Willaim Beckford lo tuvo. Una impresionante mansión campestre, Splendens, hecha construir por su padre en Fonthill, un ilustre padrino de bautismo, Pitt, en aquel momento Lord Chatham; y una notable inteligencia, que llevo a William, enamorado siempre de la música, a tomar, a los cinco años, sus primeras lecciones con Wolfgang Amadeus Mozart.
Pero tal vez la verdadera historia de este niño ilustre, precoz y con propensión a la introspección y al estudio, comience, o se declare, cuando llega a él, en calidad de profesor de dibujo, un raro personaje, pintor y fabulista de sí mismo, llamado Alexandre Cozens. De origen ruso, pintaba extraños paisajes oníricos y había recorrido el mundo, fascinado por el misterio y por los más allá... Naturalmente, Cozens era la chispa, la llama, acaso leve, que el oculto sello de Beckford (un muchachito de dieciséis años) necesitaba para saltar, para iluminar, manifestándose...
Y algo debieron de notar los preceptores del talentoso niño cuando decidieron separarle momentáneamente del ruso y enviarle a Ginebra, a una villa junto al lago Leman, propiedad de unos parientes de la madre de William. Pero allí, ya imparable, en aquel cultivado centro de la ilustración (que ensalzaba el Romanticismo negro), Willain Beckford no sólo ampliará sus estudios, sino que sentirá, ante el espectáculo de una naturaleza agreste, despertarse en él los sentimientos de misterio, diferencia, intensidad y afán de Todo. De momento, deseos que se centran para el adolescente en la mole e imagen del Monte Saléve, que sueña con escalar. (Y proyectos que le son descritos por carta al iniciador, al gurú, Cozens).
Beckford subirá al Saléve el 13 de septiembre de 1777 y sentirá allí, pues lo buscaba, una suerte de iluminación, en la que misticismo y terror se dan la mano: dos formas de la intensidad. Y decidirá, ya abajo, y a sus diecisiete años, que lo que espera la gente que le rodea él nunca lo será. El caballerito educado, galante, sabio en el francés y en caballos, amante del roast-beef y de las cuadras, desdeñando la poesía y asesino del gusto. Ahí está ya, en visible figura, el dandy que Beckford será; el rey de si mismo contra la sociedad vulgar. Imagen también de dos conceptos: vividor y desterrado.
Vividor lo es Beckford, porque quiere para sí una vida plena.Una vida en la que procurará llenar, gastar todos los instantes absolutamente. Una vida cuya aspiración continua sea la intensidad. Una vida dedicada al derroche de sí misma, lo que la convierte, sin paradoja, en plenitud. Pero desterrado también, y al tiempo, porque Beckford intuye siempre que hay un grado más en la pasión o en el amor al que el hombre no accede jamás, porque presiente una realidad total y jubilosa, que contradice el mundo de lo real y a la que, si la intensidad apunta no alcanza nunca. Y él por su deseo y por el orgulloso desdén a cuanta mediocridad le rodea, se siente habitante, ciudadano de esa realidad total e ideal y, por tanto, un desterrado que procura ser fiel a su origen, mientras, cargado de nostalgia y de tristeza, deambula fantasmal por un mundo que le es corto y ajeno… Ya Goethe ha dicho en su Diván oriental: "No seas sino un invitado en esta sombría tierra…"
Poco después de su ascenso al Saléve y de la toma de las resoluciones rebeldes, William retorna a Inglaterra, no sin antes haber visitado a Voltaire en Ferney con el que se entretiene largamente el adolescente hablando de los versos hermosos de Ariosto. La visita a Voltaire será para Beckford como el padrinazgo de la vida que él había emprendido por cuenta propia, decidiendo cultivar su distinción, que es también su disidencia, y soñando como lo hizo sobre el Saléve, con el Mal y con sus pompas y sus obras, ya que el Bien era aquella realidad pobre, mediocre y vulgar que le ro deaba. El dandy toma el camino del Mal, porque así se llama lo que está contra la norma. (Y casi no importa que norma sea)
De nuevo en Inglaterra, la madre llevará a su hijo a conocer a las más notables familias del país, que son su medio y de donde deberá salir su futura esposa. Pero el cultísimo adolescente no descubrirá a ninguna muchachita bella, sino a un homónimo niño de once años, William Courtenay, que es su igual, con siete años de diferencia. En la belleza del pequeño William, Beckford ve la encarnación de su sueño ideal, la imagen de la beldad angélica, no de este mundo, y se ve también a si mismo. Porque el dandy necesita ser narciso, aunque el narcisismo no recaiga siempre y necesariamente sobre uno mismo.
El pequeño Courtenay, varón único rodeado de hermanas y descendiente, por ambas ramas, de tres emperadores de Bizancio (apodado Kitty en intimidad) despertó un gran amor, una pasión, en Beckford, acaso la única gran pasión de su vida, es decir, la que debería tratar de reconstruir continuamente, y, le escribe cartas llenas de encendida intensidad. Le cuenta al muchacho cómo los que le rodean le ven abatido y triste, y cómo su madre se ofrece a procurarle cualquier cosa que pueda hacer su felicidad. Agregando, en velada confesión: "Seguramente debimos haber sido dos amigos inseparables en alguna otra existencia, de otra forma ¿cómo habríamos experimentado este repentino amor el uno por el otro? Y cada hora se acrece…" (George Romney, pintor de cámara, nada desdeñable, pintó el retrato de los dos William, y su parecido es tal en símiles edades, algo más beatífica y dulce la mirada de Courtenay, que, más de una vez, uno ha sido tomado por el otro al ilustrar biografías o estudios sobre Beckford). Un Beckford en el que se van viendo ya los estigmas todos del "malditismo": transgresión, moral y erótica, desclasamiento frente a una sociedad estamentada que le guarda su puesto, deso del mundo y renuncia del mundo y final sentimiento de destierro, de amenidad frente a cuanto le rodea. El dandy, se ha dicho, es un ser desclasado y doliente, pero prefecto.
¿Accedió el joven Courtenay a los requerimientos de su nuevo y mayor amigo? No parece. Se limitó a contestar sus misivas y a ser amable las pocas veces en que se vieron. Pero el símbolo ya estaba dado: la imagen terrible del ángel. La forma mejor de la realidad, tapada bajo la apariencia de una "amistad particular". Beckford sólo confió su amor a su prima y enamorada Louisa, hija de su padrino Pitt, clásica mujer del Romanticismo, hermosa, lánguida, en los comienzos de la tisis, casada desde los diecinueve años (tenía veinticinco en el momento de la confesión de William) con un marido al que no ama y apasionada, sin embargo, de su joven primo, precoz, bello y maldito.
Obsesionada por la melancolía de su hijo, la madre de William, dispone para él de un gran viaje de placer y de conocimiento por el Continente: recorrer Europa como el delfín de un rey, entre junio de 1780 y abril de 1781. Perdidamente enamorado de William Courtenay, el querube de trece años, Beckford (que tiene ahora veinte) escribe a su prima. "No logro romper mis cadenas"… Lucho, pero cuanto mayor es mi esfuerzo por desembarazarme, más me atan. Ese loco amor mio me hace insensible a todo. Enfebrecidamente voy de lugar en lugar, pero todo es vano, pues me persigue, me persigue con tal prontitud, que me alcanza en seguida y como suyo me marca.
El lujoso viaje, a cuerpo de rey, tiene su primer hito en Venecia, donde recibe al viajero una ex amiga de Casanova, Giustiniana, Condesa de Orsini-Rosenberg. Recepciones, palacios y vida galante para el joven y culto señorito en una ciudad galante y dorada. Asaltado por las damas, y especialmente por las hermanas Vendramin, de ilustre familia, que se pegan por él, William, desdeñoso, altivo y desclasado, se prenda del hermano menor de las tales hermanas, la amistad es correspondida, y la joven pareja (Venecia no era, afortunadamente para él, Inglaterra) se deja ver en conciertos y casas nobles. La Venecia dieciochesca es una ciudad encandilada por la música, y aires de Vivaldi o de Corelli, mientras los amantes, al crepúsculo, van en góndola a las islas de Murano y Torcello. El encuentro veneciano con la música es muy importante para William, la música será siempre un vehiculo para huir del mundo, que dice haber tenido un extraño delirio al haber escuchado un aria de Orfeo a Marieta Cornari.
Separado de su joven amante veneciano, historia nada platónica, el periplo italiano de William Beckford continúa entre música. En Lucca escucha a Pachierotti, el célebre castrado de voz blanca. Prosigue por Papua y Florencia, encantado por la liturgia de las iglesias y melancólico del amor perdido (¿de cuál?), contando en sus cartas al Conde Benincasa, chevalier servant de Giustiniana Orsini, sus pocos ortodoxas pasiones y su desprecio por la realidad que le rodea, donde de nuevo brota la paradoja, pues esa detestada realidad es vivida intensamente. Piensa, viajando, en las pompas de Grecia y Roma, siente una primera devoción por San Antonio (culto que será siempre adornado de paganía) y sueña con Kitty, justo en el aniversario de su primer encuentro. Prosige por Italia su periplo de "joven rey" de un "principe artista" lleno de arias y música, cenas en palacios suntuosos, aventuras con muchachitas y ragazzini, locuras, delirios, magia, y la continua melancolia por el querubín Courtenay, sobre el que pide noticias a Louisa. El retorno del viaje le lleva dos meses a París, donde continuará la fiesta, la música y el recuerdo.
De nuevo en Inglaterra, entre extasis operescos y fascinación por los cuentos árabes, William será conminado por su madre a ir sentando la cabeza y preparándose para asumir su condición de rico heredero y par del reino, con segura silla en el Parlamento. Pero William solo tiene anhelo de hablar con su prima y de narrarle sus deseos de amor, infernal, lo llamará ella, y de convertir Fonthill, la mansión familiar, en un palacio de las mil y una noches… ¿Qué es todo lo demás? Está a punto de alcanzar la mayoría de edad, debe redactar las notas de su viaje a Italia y atraer a Kitty (al que sólo una vez ha vuelto a ver) a la fiesta que prepara para la celebración de su mayoría de edad, de su entrada social al mundo.
Para tan fausto día, y tan señalado como será en la vida de Beckford, contará con la ayuda de un extraño personaje, conocido por intermedio del fiel Cozens, llamado Jacques-Philippe de Loutherbourg, decorador, escenógrafo y especialista (casi mago entonces) en efectos de luz y sonido. Louisa se encargará de que Kitty pueda acudir a la fiesta, y Loutherbourg de hacedr de Fonthill, con la ayuda de otros tramoyistas un palacio oriental, un lugar de delirio.
Es la Navidad de 1781. La tormenta golpea los muros completamente cerrados de Fonthill. Los servidores tienen severísimas órdenes de no dejar entrar a nadie, y durante los tres días que durará la fiesta, ni la "banal" luz del sol podrá penetrar allí. Dentro, un decorador de ópera oriental y nigromancias se presenta. Un hall egipcio, como en piedra tallada, y salones repletos de tapices y alfombras de Persia, y quemadores de perfume, y grandes órganos simétricamente dispuestos, y cestos y bandejas de plata repletos de viandas y frutas tropicales… Vapores aromáticos, tisúes dorados, y los invitados, casi todos jóvenes, solazándose a su antojo en tal paraíso, mientras suena la música, y las voces blancas de los tres mejores cantantes de Italia contratados para la fiesta, entonan las arias más renombradas de Mozart o de Cimarosa, o suenan simplemente concatenados conciertos. Hay también habitaciones oscuras como templos y galerias decoradas como si fuesen pasajes subterráneos bajo algún reino prohibido. Bebidas, viandas, fragancias… Todo está preparado. A excepción de Cotzens y de Loutherbourg, de Beckford y de Louisa, todos los demás son jovencitos y muchachas escogidos en función de su edad y de su belleza. Un niño entre trece y catorce años, descrito después como "un verdadero Jesús de Praga", sirve de paje a la prima del anfitrión y será la "ofrenda" de la noche a las potencias del Mal, a las cuales quiere William celebrar. La Saturnal ("estuvimos tres días encerrados" dirá Louisa) debió de ser delirante, y se hizo pronto celebre. ¿Muchachitos "sacrificados" al Principe de las Tinieblas? Mejor, muchachitos convertidos ellos mismos en la angélica imagen de Luzbel, en su representación deseada. De esa fiesta nacerá Vathek, y de algún modo es el punto central para entender a Beckford: el dandy "gran señor" que sella en la belleza, la intensidad y el delirio, su pacto, su alianza contra el Bien, contra lo Establecido.
En febrero de 1782, Louisa escribe a William (del que sigue perdidamente enamorada): "Miserable me siento por no tener ahora ninguna pequeña víctima a quien preparar para el sacrificio de tus altares". Es el momento en que Beckford redacta, durante tres días, con sus noches referirá él, su cuento árabe, Vathek, sin duda su obra literaria más conocida y admirada a posteriori. Lo escribe en francés, para que la transgresión que todo el relato ensalza (correlato de la Navidad de 1781) se refleje también en la tránsfuga lingüística. Parece, sin embargo, que Beckford laboro en su nouvelle cerca de cuatro meses, y que aún la trabajó más tarde. Meses en los que William sostuvo también una vida de placer y de mundanidad: llamando la atención por sus vestidos y sus maneras. Beckford llegaba a las mejores casas de Londres, auroleado por el escándalo que ya vivía con él. Bailarín infatigable, cantor, mimo en conversación y en imitaciones de personajes célebres, decidió escribir la música para una ópera cuyo libreto haría su amiga Lady Craven. Es el momento en que William, en encantador y perverso William, podría autollamarse como un compatriota suyo, y en cierto modo discípulo, se dirá más de cien años después. El Rey de la vida.
Vathek es la historia de la búsqueda de Eblis, el Luzbel de los mahometanos, por parte de un joven príncipe, para, entregado al Mal y a sus pompas, gozar del poder y la sabiduría que tuvieron los sultanes preadamitas,a los que el propio Vathek (nieto del califa Harún) quiere emular. Se trata, pues de una cumbre, muy romántica del individualismo. Autoafirmarse, y asumir todas las posibilidades que tal "sí" ofrece. Beckford, que se retrata en la obra, realiza en ella un gesto dandy, pero lo exagera, lo lleva más allá del gesto mismo, el superhombre es, en alguna manera, divinidad.
Una cena en un templo Shaolin:
Discipulo:
-Sabio Maestro, ¿podría decirme cuál es la diferencia entre una perla y una mujer?
Maestro:
-La diferencia, humilde aprendiz, es que a las perlas, esas gotas de mar enhebradas, se les puede entrar por dos lados, mientras que a una mujer sólo por un lado.
Discipulo (un tanto confuso):
-Pero Maestro, la eternidad me guarde de contradecir vuestra himalayica sabiduría pero, oí decir que ciertas mujeres permiten entrar por los dos lados.
Maestro (con una sonrisa delicada y una mirada de soslayo):
-En ese caso, discípulo afanoso, no se trata de una mujer sino de una perla.
Meditemos